Hay una frase que se utiliza mucho para hablar del cine: «La magia del séptimo arte». Y tiene bastante sentido. Una película puede conseguir que una habitación parezca una nave espacial, que un actor parezca estar luchando contra un monstruo de veinte metros o que una ciudad entera parezca haber sido destruida por una invasión alienígena.
Lo curioso es que, de vez en cuando, para conseguir esa magia no hizo falta ningún efecto especial. Bastó con que alguien tomara una decisión completamente absurda.
Porque detrás de algunas de las películas más conocidas de la historia hay historias que parecen pertenecer a otra película. Rodajes en los que se utilizaron animales salvajes de verdad, actores que acabaron en el hospital por intentar que una pelea pareciera más auténtica, decorados que ardieron hasta los cimientos, miles de serpientes venenosas encerradas en un estudio, directores que llevaron sus obsesiones hasta límites difíciles de justificar y producciones en las que la realidad terminó siendo bastante más peligrosa que el guion.
Y lo curioso es que muchas de estas historias no son leyendas de internet.
Otras sí tienen una parte de leyenda, pero incluso en esos casos suele haber un núcleo de verdad bastante curioso. Por eso en QUÉ BIZARRO separamos una cosa de la otra. De manera que cuando algo está documentado, lo contaremos como tal. Pero cuando procede del testimonio de alguno de sus protagonistas, lo dejaremos claro; y cuando una historia no pueda demostrarse, no vamos a convertir un rumor en una verdad solo porque quede más espectacular.
Porque, sinceramente, tampoco hace falta.
La historia del cine ya tiene suficientes momentos en los que uno termina preguntándose cómo demonios alguien dijo «Sí, adelante, rodemos esto».
Así pues comenzamos en 3… 2… 1…. ¡Acción!

Roar (1981): ¿Y si metemos más de cien animales salvajes en una casa?

Empecemos poniendo el listón donde corresponde.
Hay películas que tuvieron rodajes complicados. Hay películas que tuvieron accidentes. Y luego está Roar, una producción que parece haber comenzado con alguien diciendo: «Tengo una idea para una película» y otra persona respondiendo: «¿Y si además ponemos leones?».
Muchos leones… Y tigres… Y leopardos.
La película fue impulsada por Tippi Hedren y su entonces marido Noel Marshall, que habían adquirido experiencia trabajando con grandes felinos y decidieron convertir esa fascinación por los animales en una película. El problema fue que los animales que aparecen en Roar no eran actores perfectamente adiestrados esperando pacientemente su marca en el suelo. Eran animales salvajes que compartían los espacios con actores y miembros del equipo.
El resultado fue exactamente el que cabría esperar.
Ataques, mordeduras, arañazos y accidentes se sucedieron durante la producción. Las cifras de heridos varían según las fuentes y los propios implicados, pero fueron decenas. Uno de los casos más graves afectó al director de fotografía Jan de Bont, que sufrió un ataque de un león y necesitó más de cien puntos de sutura en la cabeza.
La actriz Melanie Griffith, hija de Tippi Hedren, también sufrió un ataque durante el rodaje que le provocó heridas graves en la cara y requirió cirugía.
Y lo más desconcertante es que muchas de las escenas que vemos en la película funcionan precisamente porque los animales están haciendo lo que les da la gana. No hay una criatura digital siguiendo una orden del director. Hay un león que decide moverse, un tigre que decide acercarse o un felino que, sencillamente, considera que la persona que tiene delante le resulta interesante.
Roar terminó convirtiéndose en una de esas producciones cuyo making-of resulta casi más increíble que la película.
No hace falta decir que hoy una producción de estas características tendría que enfrentarse a unas normas de seguridad animal radicalmente diferentes.
Y probablemente alguien preguntaría antes de empezar: «¿Seguro que queremos hacer esto?».
El Mago de Oz (1939): Cuando el maquillaje podía llevarte al hospital

Si algo demuestra El Mago de Oz es que los efectos especiales antiguos podían ser tan espectaculares como peligrosos.
Uno de los problemas más conocidos afectó a Buddy Ebsen, el actor que originalmente iba a interpretar al Hombre de Hojalata. Para conseguir su aspecto metálico se utilizaba un maquillaje basado en polvo de aluminio.
El problema fue que aquel polvo terminó entrando en su sistema respiratorio.
Ebsen enfermó gravemente y tuvo que ser hospitalizado. Finalmente fue sustituido por Jack Haley, que terminó interpretando al personaje en la película.
Y si eso ya parece bastante preocupante, todavía quedaba otra pequeña maravilla de la química cinematográfica de la época.
Para crear determinados efectos visuales se utilizaron materiales que hoy sabemos que son extremadamente peligrosos. Entre ellos estaba el asbesto, que llegó a utilizarse para crear un efecto de nieve en algunas escenas.
La imagen que hoy asociamos con la fantasía y la inocencia del cine clásico escondía detrás un nivel de seguridad laboral que, visto desde el presente, resulta directamente escalofriante.
Pero el Hombre de Hojalata no fue el único personaje que salió mal parado.
Margaret Hamilton, la actriz que interpretaba a la Bruja Mala del Oeste, sufrió quemaduras durante una escena en la que su personaje desaparecía entre humo y fuego. El mecanismo de efectos especiales salió mal y Hamilton sufrió quemaduras graves en las manos y la cara.
La actriz tuvo que abandonar temporalmente el rodaje para recuperarse.
Su sustituta también sufrió un accidente durante otra escena de efectos.
Porque aparentemente, en 1939, la filosofía de efectos especiales era algo parecido a: «Si conseguimos que explote, funciona».
Los Pájaros (1963): Hitchcock decidió que los pájaros fueran de verdad

Alfred Hitchcock tenía fama de controlar hasta el último detalle de sus películas. Lo que quizá no fue una idea especialmente brillante fue decidir que las aves que atacaban a Tippi Hedren en Los Pájaros fueran realmente aves.
La película necesitaba transmitir la sensación de que la protagonista estaba siendo atacada por una cantidad absurda de animales. Para algunas escenas se utilizaron trucos, aves entrenadas y efectos mecánicos, pero para el famoso ataque del ático Hitchcock acabó recurriendo a pájaros reales.
Y no fueron cinco minutos de rodaje.
Según el testimonio de Hedren, durante cinco días le lanzaron aves reales mientras grababan la escena. La actriz acabó exhausta y sufrió heridas durante el proceso.
El propio método resulta difícil de imaginar hoy, pero varios adiestradores protegidos con guantes gruesos lanzaban las aves hacia la actriz para conseguir que el ataque pareciera lo más auténtico posible.
Hedren contó posteriormente que llegó un momento en que estaba completamente agotada y terminó llorando en el suelo del estudio.
Y aquí aparece una de esas diferencias entre el cine antiguo y el actual que dejan bastante claro cuánto ha cambiado la forma de trabajar.
Hoy podemos generar cientos de pájaros digitales, duplicarlos, hacer que ataquen desde cualquier dirección y borrar posteriormente cualquier cosa que no nos guste.
Hitchcock tenía otra solución. Coger pájaros de verdad y lanzárselos a la actriz.
Cine de autor decían… pero con plumas.
De hecho sobre Hitchcock se podría dedicar un artículo entero a sus muy cuestionables métodos…
En Busca del Arca Perdida (1981): El día que Spielberg descubrió que 600 serpientes no eran suficientes

Si eres Indiana Jones y tu mayor miedo son las serpientes, probablemente no sea una buena idea contarle a Steven Spielberg que el decorado de una escena tiene unas pocas.
Porque Spielberg quería que el Pozo de las Almas estuviera completamente cubierto de serpientes.
La producción consiguió inicialmente unas 500-600, pero cuando el director vio el decorado consideró que no eran suficientes para conseguir el efecto visual que quería.
Así que consiguieron miles más.
Las cifras varían según las fuentes, pero se habla de entre 6.000 y 10.000 serpientes reunidas para la secuencia.
Y aquí viene la parte que convierte una escena espectacular en una auténtica locura logística.
No todas eran venenosas, pero sí había cobras. Para proteger a Harrison Ford y Karen Allen se utilizaron barreras de cristal en determinados momentos y se mantuvo una ambulancia preparada junto al decorado.
El problema fue que el antídoto disponible no estaba en condiciones de utilizarse y tuvieron que buscar una alternativa fuera del país.
En otras palabras, alguien consiguió reunir miles de serpientes venenosas en un estudio de cine y después descubrió que el antídoto que necesitaban no estaba disponible.
Todo esto para una película en la que el protagonista dice: «¿Por qué tenían que ser serpientes?». Una pregunta que, probablemente, también se hicieron los responsables de seguridad.
Y todavía hay otra pequeña maravilla.
Durante la escena en la que Indiana Jones se enfrenta cara a cara con la cobra, una lámina de cristal protegía a Harrison Ford. La serpiente llegó incluso a escupir veneno contra ella.
Así que aquella mirada desafiante de Indiana Jones tiene un pequeño detalle que quizá no habías pensado: al otro lado del cristal había una cobra real que acababa de intentar escupirle veneno.
El Exorcista (1973): El decorado se incendió y, por supuesto, quedó intacta la habitación de Regan

Si quieres fabricar una leyenda sobre una película maldita, pocas cosas ayudan tanto como que el decorado de la película arda.
Eso fue exactamente lo que ocurrió durante El Exorcista.
Un incendio destruyó prácticamente todos los decorados de la casa de los MacNeil. El fuego obligó a paralizar la producción durante semanas y provocó importantes retrasos.
Pero había un detalle especialmente inquietante. La habitación de Regan quedó prácticamente intacta.
Precisamente la habitación en la que transcurría buena parte de la película y donde la niña estaba poseída.
La explicación real es mucho menos demoníaca: el incendio fue provocado por un problema eléctrico relacionado con un pájaro que entró en el edificio. Pero el hecho de que el fuego destruyera casi todo y respetara justamente aquella habitación era demasiado tentador para alimentar la fama de maldición que rodeó posteriormente a la película.
Y no fue el único problema.
Durante una escena en la que Chris MacNeil era lanzado violentamente contra una pared, Ellen Burstyn sufrió una lesión real en la espalda. La escena necesitaba que la actriz fuera arrastrada hacia atrás mediante un arnés, pero la fuerza aplicada fue mucho mayor de la prevista y Burstyn se lesionó.
La película, por tanto, consiguió algo bastante curioso: mientras el público veía una historia sobre una casa poseída por fuerzas sobrenaturales, detrás de las cámaras tenían un incendio, accidentes y un equipo intentando terminar una producción cada vez más complicada.
¿Estaba maldita? Pues no tenemos ninguna prueba de ello. Aunque a la gente siempre le gustan las leyendas urbanas.
¿Tuvo un rodaje bastante más accidentado de lo que uno desearía para una película sobre posesiones demoníacas?
Eso sí podemos decirlo.
Rocky IV (1985): «Pégame de verdad» fue una idea todavía peor de lo que parece

Hay decisiones de rodaje que envejecen mal.
Y luego está la decisión de Sylvester Stallone de pedirle a Dolph Lundgren que le pegara de verdad.
Stallone quería que el combate final de Rocky IV tuviera una intensidad que no pudiera conseguirse simplemente fingiendo los golpes. Así que animó a Lundgren a ir a por todas.
Lundgren hizo exactamente eso.
Durante una de las tomas, un golpe directo al pecho de Stallone le provocó una lesión que no se manifestó inmediatamente. El actor terminó la escena, pero horas después comenzó a encontrarse realmente mal. Su presión arterial se disparó y acabó siendo trasladado de emergencia desde Canadá hasta California, donde ingresó en cuidados intensivos.
Stallone describió posteriormente la situación diciendo que pensó que iba a morir.
Y ahora llega el detalle gracioso: Después de salir del hospital tuvo que regresar al rodaje para terminar el combate.
Es decir, la producción tuvo que detenerse porque el protagonista casi había muerto rodando la pelea…
…y cuando se recuperó, volvió para seguir rodando la pelea.
Por si alguien pensaba que el problema había sido pegarse demasiado fuerte, el problema fue todavía más absurdo, porque el golpe que mandó a Stallone al hospital ni siquiera terminó apareciendo en el montaje cinematográfico original.
Probablemente sea la primera vez que una película consigue convertir un puñetazo eliminado en una de las mejores anécdotas de su rodaje.
Apocalypse Now (1979): Cuando rodar una película de guerra empezó a parecer una guerra de verdad

Pocas producciones tienen una leyenda tan gigantesca detrás como Apocalypse Now. Francis Ford Coppola quería realizar una película sobre la locura de la guerra de Vietnam y acabó consiguiendo algo bastante peculiar: durante el rodaje, la propia producción empezó a comportarse como una pequeña guerra.
La película se rodó principalmente en Filipinas y prácticamente desde el principio todo empezó a torcerse. Los problemas meteorológicos fueron enormes y un tifón llegó a destruir buena parte de los decorados, obligando a detener la producción durante meses y a reconstruirlos. Además, la situación política de Filipinas provocaba que los helicópteros que utilizaba la película fueran reclamados ocasionalmente por el ejército para operaciones reales, dejando al equipo sin poder rodar.
Pero lo más extraño ocurrió cuando el equipo de producción consiguió algunos cadáveres para decorar el siniestro campamento del coronel Kurtz.
El responsable de producción había adquirido varios cuerpos a un proveedor que supuestamente los conseguía para una escuela de medicina. El problema era que aquel hombre no estaba autorizado para venderlos porque, según se descubrió, era un saqueador de tumbas.
La policía apareció en el rodaje, confiscó los pasaportes de miembros del equipo y comenzó a investigar de dónde habían salido aquellos cadáveres. Durante unos días, la producción tuvo que demostrar que nadie del equipo había cometido un asesinato. Finalmente se descubrió el origen de los cuerpos y el responsable fue detenido.
Y si aquello no fuese suficiente, Martin Sheen sufrió un auténtico infarto durante el rodaje. El actor se encontraba sometido a unas condiciones físicas y psicológicas durísimas y tuvo que abandonar temporalmente la producción. El equipo llegó a intentar mantener el asunto fuera de los titulares describiéndolo como un episodio de agotamiento por calor.
Por si fuera poco, cuando Marlon Brando apareció finalmente para interpretar al coronel Kurtz, Coppola descubrió que el actor había llegado con un peso muy superior al que esperaba y que no se había preparado el papel como el director había supuesto. Brando tampoco tenía memorizadas las líneas de la forma tradicional y acabó trabajando buena parte de sus escenas junto a Coppola, que terminó utilizando iluminación, encuadres y primeros planos para ocultar su físico.
Y mientras todo aquello ocurría, Coppola veía cómo el presupuesto se disparaba y la película se alejaba cada vez más del calendario previsto.
Lo realmente absurdo es que de aquel desastre salió Apocalypse Now, una de las grandes películas de la historia del cine.
El rodaje pretendía representar la locura de una guerra. Y acabó dándose bastante guerra por sí mismo.
Fitzcarraldo (1982): ¿Por qué utilizar efectos especiales cuando puedes mover un barco de 320 toneladas por una montaña?

Werner Herzog tenía una idea para Fitzcarraldo. Un barco de vapor debía atravesar la selva amazónica y superar una enorme pendiente de tierra.
La solución habitual habría sido utilizar una maqueta, un barco falso o algún tipo de efecto especial.
Herzog decidió hacer lo contrario. Construyeron el barco de verdad y lo arrastraron montaña arriba.
El barco utilizado en la famosa secuencia pesaba aproximadamente 320 toneladas, y la producción consiguió moverlo por una pendiente real utilizando sistemas de poleas y maquinaria. No se trataba de un modelo reducido ni de una ilusión cinematográfica. El barco que vemos en aquellas imágenes era un barco auténtico.
La operación fue una auténtica barbaridad logística y llegó a provocar accidentes. En otra parte de la producción, uno de los barcos utilizados durante las escenas de los rápidos chocó contra las rocas y seis personas resultaron heridas.
Pero si hay una historia que resume el nivel de tensión de este rodaje es la relación entre Herzog y Klaus Kinski.
Kinski interpretaba a Fitzcarraldo y tenía fama de ser extraordinariamente temperamental. En plena selva, sus enfrentamientos con Herzog podían alcanzar niveles bastante salvajes.
Y entonces ocurrió algo que parece directamente sacado de una comedia negra.
Según contó Herzog, algunos extras indígenas que trabajaban en la película se acercaron a él y le hicieron una propuesta absolutamente desconcertante: Se ofrecieron a matar a Kinski.
No era una metáfora.
Le dijeron que podían acabar con él y hacer desaparecer el cadáver en la selva. Herzog rechazó la propuesta porque, evidentemente, todavía necesitaba al actor para terminar la película.
La historia resulta todavía más surrealista porque Herzog ha contado el episodio posteriormente con una mezcla de humor y seriedad difícil de interpretar.
El director alemán estaba intentando hacer una película sobre un hombre obsesionado hasta el punto de realizar una hazaña completamente absurda.
Y para conseguirla terminó trabajando en la selva con un actor al que, según el propio relato, había gente dispuesta a hacer desaparecer literalmente.
A veces el método de Werner Herzog para conseguir realismo parece consistir simplemente en preguntarse: «¿Cuál sería la peor manera posible de rodar esto?»
Y después hacerla.
The Abyss (1989): James Cameron descubrió que el océano podía ser todavía peor que el presupuesto

James Cameron no es precisamente famoso por hacer rodajes sencillos, pero The Abyss llevó su obsesión por el realismo a un territorio especialmente incómodo.
Gran parte de la película se rodó bajo el agua en enormes tanques construidos en una central nuclear abandonada de Carolina del Sur. Uno de aquellos depósitos llegó a contener alrededor de 700.000 galones de agua. Los actores pasaban largas jornadas sumergidos y la producción llegó a convertirse en una prueba de resistencia física y psicológica.
El problema de rodar bajo el agua durante tanto tiempo es que el cuerpo humano no está especialmente diseñado para ello.
El reparto tenía que enfrentarse a frío, equipos de respiración, largos periodos de inmersión y la dificultad de realizar una interpretación mientras todo el cuerpo está ocupado intentando no ahogarse.
Ed Harris llegó a quedarse sin aire durante una de las escenas submarinas. El episodio fue tan angustioso que el propio actor ha contado posteriormente lo traumática que resultó aquella producción.
Y no fue el único.
Mary Elizabeth Mastrantonio acabó sufriendo una crisis emocional durante el rodaje después de una escena especialmente agotadora. Según los testimonios posteriores sobre la producción, la actriz llegó a abandonar el set entre lágrimas después de que una toma particularmente dura tuviera problemas técnicos.
El propio Cameron reconoció posteriormente que la experiencia había sido mucho peor de lo que había imaginado y que no quería volver a hacer una película de aquella manera.
Y aquí hay una de esas pequeñas locuras que ayudan a entender el nivel de obsesión de la producción: los actores podían pasar tanto tiempo dentro del agua que incluso se buscaban maneras de evitar interrupciones innecesarias.
Porque cuando llevas horas dentro de un traje de neopreno, salir del tanque, quitarte todo el equipo, ir al baño, volver a ponértelo y regresar al agua no es precisamente un trámite de cinco minutos.
El resultado fue una película que visualmente sigue siendo impresionante.
Pero cuando descubres cómo se rodó, algunas escenas submarinas dejan de parecer una hazaña cinematográfica y empiezan a parecer un curso intensivo para aprender a odiar el agua.
El Cuervo (1994): Una cadena de errores que terminó con la muerte de Brandon Lee

Hay historias de rodajes bizarros, historias de rodajes peligrosos y después está El Cuervo, cuya producción quedó marcada para siempre por la muerte de Brandon Lee.
El 31 de marzo de 1993, Lee estaba rodando una escena en la que su personaje debía recibir un disparo. El arma utilizada era un revólver real que se empleaba como arma de atrezo.
El problema fue una cadena de errores extraordinariamente improbable.
Para determinadas escenas de primeros planos se habían preparado cartuchos falsos que permitían que el arma pareciera cargada ante la cámara. En lugar de utilizar munición de atrezo fabricada específicamente para cine, se modificaron cartuchos reales. Aquellos cartuchos conservaban elementos que no deberían haber estado ahí y, durante una escena anterior, uno de los proyectiles terminó alojado parcialmente en el cañón del arma.
Lo terrible es que nadie se dio cuenta.
Posteriormente, para rodar la escena en la que el arma debía disparar, se sustituyeron aquellos cartuchos por munición de fogueo. Los cartuchos de fogueo producen sonido y destello, pero no deberían lanzar ningún proyectil.
Sin embargo, el proyectil que había quedado atrapado en el cañón seguía allí.
Cuando Michael Massee apretó el gatillo, la presión generada por el cartucho de fogueo impulsó el proyectil atrapado hacia Brandon Lee.
Lee recibió el impacto en el abdomen y murió horas después en el hospital.
Lo escalofriante es que, en aquel momento, buena parte del equipo no comprendió inmediatamente que el disparo había sido real. Pensaron inicialmente que Lee estaba interpretando la escena. Pero no era una actuación…
Tenía 28 años cuando falleció.
La película estaba prácticamente terminada. Faltaban pocos días para concluir el rodaje.
La producción decidió continuar y completar las escenas restantes utilizando dobles, cambios de guion y efectos especiales. El Cuervo terminó estrenándose en 1994 y se convirtió en una película de culto.
Pero ninguna historia sobre el rodaje puede separarse de aquel accidente.
Y lo más terrible es que no fue necesario un arma defectuosa ni un complicado efecto especial para producir la tragedia.
Fue algo mucho más absurdo:
Una cadena de pequeños errores que jamás deberían haber ocurrido juntos.
Sorcerer (1977): Construyeron un puente de un millón de dólares y la naturaleza decidió secar el río

Si alguien quisiera inventar una historia para explicar cómo un director puede llevar su obsesión demasiado lejos, Sorcerer sería un candidato perfecto.
William Friedkin quería rodar una de las secuencias más complicadas de su carrera: dos camiones cargados de explosivos atravesando un puente colgante de madera en plena tormenta.
Así que construyó un puente real.
El puente costó aproximadamente un millón de dólares y tardaron meses en levantarlo en la República Dominicana. Pero además surgió un pequeño inconveniente. El río comenzó a secarse.
El equipo había elegido aquella localización porque esperaba encontrar un río caudaloso. Sin embargo, durante la construcción el nivel del agua fue descendiendo hasta que prácticamente desapareció. Friedkin tuvo que desmontar el puente y trasladarlo pieza por pieza hasta México.
Y entonces ocurrió lo increíble.
El segundo río también comenzó a secarse.
Era como si la naturaleza hubiera decidido participar en la producción para demostrarle al director que aquella secuencia no iba a ser fácil.
Friedkin no se rindió. Para conseguir que pareciera que los camiones estaban atravesando una corriente mucho más violenta de la que realmente había, utilizaron sistemas de lluvia artificial, bombas y otros mecanismos para crear las condiciones que necesitaban.
Pero la escena seguía siendo realmente peligrosa.
Los camiones no eran efectos digitales y los actores estaban implicados directamente en las maniobras. En varias ocasiones los vehículos terminaron dentro del agua y tuvieron que ser recuperados. El propio Friedkin reconoció posteriormente que aquella secuencia había sido extremadamente peligrosa y que hoy no rodaría una película de esa manera.
Roy Scheider llegó a describir la experiencia como si estuviera «ensayando para seguir con vida», y comparó el rodaje de Sorcerer con Tiburón diciendo que hacer la película de Spielberg había parecido un picnic en comparación.
Y todavía había más problemas.
Miembros del equipo sufrieron intoxicaciones alimentarias, malaria, gangrena y otras enfermedades; Friedkin llegó a afirmar posteriormente que alrededor de la mitad del equipo había acabado hospitalizado o enviado a casa en algún momento.
La secuencia del puente dura unos minutos en pantalla.
Para conseguirla tuvieron que construir dos veces un puente de un millón de dólares, perseguir dos ríos que decidieron secarse, instalar lluvia artificial y poner a los actores a conducir camiones sobre una estructura que realmente podía convertirse en un accidente.
Todo para que nosotros, desde el sofá, pensemos: «Qué tensión tiene esta escena».
Sí… Normal...
Waterworld (1995): Construir una ciudad flotante y descubrir que el océano no coopera

Antes incluso de estrenarse, Waterworld ya había conseguido algo extraordinario: convertirse en noticia por lo complicado que estaba siendo hacerla.
La idea de una película prácticamente rodada sobre el agua sonaba espectacular. En la práctica significaba construir enormes estructuras flotantes, trabajar en mar abierto y confiar en que el océano tuviera la amabilidad de comportarse como un decorado.
No la tuvo.
El rodaje se desarrolló en Hawái y exigió construir una enorme plataforma flotante de acero, además de otras estructuras y embarcaciones. El calendario se fue alargando muy por encima de las previsiones iniciales y el presupuesto comenzó a dispararse. En febrero de 1995, ya se hablaba de un presupuesto que podía alcanzar entre 150 y 175 millones de dólares, frente a los 100 millones inicialmente previstos.
Y el agua no era el único problema.
La producción tuvo que enfrentarse a accidentes, agotamiento del equipo, condiciones meteorológicas complicadas y avisos relacionados con posibles tsunamis. Incluso una de las enormes estructuras utilizadas como decorado terminó hundiéndose hacia el final del rodaje.
Kevin Costner, además de protagonizar la película, era uno de sus productores, por lo que estaba metido hasta el cuello en aquel gigantesco problema logístico.
Y la relación entre Costner y el director Kevin Reynolds terminó deteriorándose durante la producción. Reynolds acabaría abandonando el proyecto durante la posproducción después de sus enfrentamientos con Costner.
El resultado fue una película que se convirtió en uno de los ejemplos clásicos de producción descontrolada de Hollywood.
Y hay algo especialmente gracioso visto con perspectiva.
Waterworld estaba ambientada en un futuro en el que la Tierra había quedado prácticamente cubierta por agua.
Para conseguirlo, Hollywood decidió hacer lo más lógico: Construir una película gigantesca en medio del agua y esperar que todo saliera bien.
No salió bien, claro, pero al menos consiguieron terminarla. Y eso, después de todo lo que había pasado durante el rodaje, ya era casi un efecto especial.
Deliverance (1972): Cuando rodar una película significaba jugarse la vida en un río

Hay rodajes complicados y luego está Deliverance. John Boorman decidió llevar a sus cuatro protagonistas a los rápidos del río Chattooga, entre Georgia y Carolina del Sur, para que las escenas de piragüismo resultaran lo más auténticas posible. Y auténticas fueron, desde luego. La producción era de bajo presupuesto, no estaba asegurada y buena parte del reparto tuvo que realizar sus propias escenas peligrosas. El río, además, no era precisamente una piscina: algunos de sus tramos estaban considerados extremadamente peligrosos incluso para piragüistas experimentados.
Burt Reynolds, que tenía experiencia como especialista antes de convertirse en estrella, llegó a considerar que un doble no conseguiría hacer creíble una de las escenas. Para la secuencia en la que su personaje cae por una cascada de unos 27 metros, inicialmente utilizaron un muñeco. El problema es que el resultado parecía exactamente eso, un muñeco cayendo por una cascada. Reynolds decidió entonces hacerlo él mismo.
La decisión estuvo a punto de salirle carísima. Al caer golpeó varias rocas, se lesionó gravemente y se fracturó el coxis. Lo verdaderamente surrealista es que, según recordó posteriormente el propio Reynolds, cuando consiguió salir del agua lo primero que hizo fue preguntarle a Boorman cómo había quedado la toma. El director, en una de esas respuestas que probablemente no ayudan demasiado a un actor recién estampado contra una cascada, le habría contestado que parecía un muñeco cayendo por una cascada.
Y Reynolds no fue el único que estuvo a punto de acabar convertido en una anécdota. Ned Beatty cayó de la canoa durante una de las secuencias de rápidos y quedó atrapado bajo el agua por un remolino. Un ayudante de producción se lanzó para rescatarlo y Beatty estuvo aproximadamente medio minuto sin salir a la superficie. Jon Voight, por su parte, realizó buena parte de la escalada de la película y llegó a perder el agarre mientras estaba a unos tres metros de altura, quedando a punto de caer sobre unas rocas.
El resultado fue una película extraordinaria, pero cuesta no pensar que el equipo de Deliverance tenía una definición bastante peculiar de la palabra «rodaje». En la actualidad, algunas de aquellas decisiones resultarían difíciles de imaginar en una producción convencional.
El Señor de los Anillos: Las Dos Torres (2002): El grito de Aragorn no estaba en el guion

La trilogía de El Señor de los Anillos fue una producción gigantesca, pero incluso en un proyecto de semejante tamaño hubo momentos en los que la realidad decidió introducirse en la película sin pedir permiso.
Uno de los más conocidos ocurrió durante el rodaje de Las Dos Torres. Aragorn acaba de perder los nervios después de una batalla y descarga su frustración pateando un casco de un orco. El golpe que vemos en pantalla parece una simple demostración de rabia, pero el grito que sale de Viggo Mortensen fue completamente real. El actor se rompió los dedos del pie al darle la patada al casco. El rodaje tuvo que detenerse y Mortensen continuó la escena con el dolor auténtico de la lesión.
Lo curioso es que aquel accidente encajó tan perfectamente con el momento que la toma terminó utilizándose en la película. De hecho, el gesto de Aragorn gritando y cayendo de rodillas no necesitaba demasiada interpretación, ya que Mortensen acababa de descubrir de la manera más cinematográfica posible que un casco de utilería podía ser bastante más duro de lo que parecía.
Y no fue el único accidente del rodaje. Orlando Bloom se fracturó una costilla al caer de un caballo y el doble de Gimli, Brett Beattie, sufrió una lesión en la rodilla. La persecución de Aragorn, Legolas y Gimli por las llanuras de Rohan acabó dejando un pequeño parte médico entre los protagonistas.
Eso sí, conviene separar las historias reales de algunas de las exageraciones que circulan por internet sobre Mortensen. Lo que sí está documentado es que sufrió lesiones durante la producción y que varias reacciones de dolor que vemos en pantalla fueron auténticas. En una película llena de criaturas digitales, batallas gigantescas y efectos especiales, resulta bastante gracioso pensar que uno de los momentos más genuinos de Aragorn fue provocado por darle una patada a un casco.
Twilight Zone (1983): El accidente que cambió para siempre la seguridad en los rodajes

Aquí la palabra «bizarro» se queda corta, porque estamos ante una tragedia real que tuvo consecuencias enormes para toda la industria cinematográfica.
Durante el rodaje de Twilight Zone: The Movie, dirigido por varios cineastas entre los que estaba John Landis, se preparó una secuencia ambientada durante la guerra de Vietnam. Para conseguir una escena espectacular se utilizaron explosiones y un helicóptero que volaba a muy baja altura mientras el actor Vic Morrow interpretaba a un hombre que intentaba proteger a dos niños.
La madrugada del 23 de julio de 1982, algo salió terriblemente mal. Las explosiones utilizadas durante la escena provocaron daños en el helicóptero. El aparato perdió el control y cayó mientras Morrow y los dos niños se encontraban en tierra. Murieron los tres: Vic Morrow, de 53 años, y los pequeños Myca Dinh Le, de 7 años, y Renee Shin-Yi Chen, de 6. Seis personas que viajaban en el helicóptero resultaron heridas.
La investigación posterior determinó que las explosiones habían provocado daños en los rotores del helicóptero y que no existía una coordinación adecuada entre quienes controlaban los efectos especiales y la aeronave. Además, los dos niños habían sido contratados incumpliendo normas laborales de California que prohibían su presencia en determinadas circunstancias nocturnas y cerca de explosivos.
El caso acabó en un proceso judicial que duró años y en el que varios miembros de la producción fueron acusados de homicidio involuntario, aunque finalmente fueron absueltos. El accidente provocó una revisión profunda de las prácticas de seguridad en los rodajes estadounidenses y se convirtió en uno de los casos más importantes de la historia de Hollywood a la hora de establecer límites sobre lo que se podía exigir en un set.
Lo más inquietante es que aquello no fue una leyenda sobre un rodaje maldito ni una historia exagerada para vender una película. Una escena diseñada para representar una guerra terminó provocando una tragedia real, y las consecuencias se dejaron notar durante décadas.
Aguirre, la Cólera de Dios (1972): Klaus Kinski contra absolutamente todo

En cuanto a actores difíciles, Klaus Kinski se lleva la palma. Durante el rodaje de Aguirre, la Cólera de Dios, Werner Herzog tuvo que trabajar en plena selva peruana con un protagonista cuyo temperamento podía resultar tan peligroso como el propio entorno.
Kinski protagonizaba frecuentes explosiones de ira y, según los testimonios recogidos sobre el rodaje, en una ocasión llegó a disparar un rifle contra una cabaña utilizada por algunos extras porque el ruido que hacían le molestaba. No fue una amenaza teatral… el arma era real y Kinski llegó a efectuar disparos.
La relación entre Kinski y Herzog era tan explosiva que cuando el actor amenazó con abandonar la producción durante una discusión, Herzog llegó a amenazarle con dispararle y después suicidarse si Kinski se marchaba. El propio Kinski contó una versión diferente de aquel episodio y afirmó que él era quien tenía el arma, por lo que algunas de las versiones más inquietantes de la historia se han convertido con el tiempo en leyenda.
Pero hay una parte que sí está perfectamente documentada: Kinski llegó a disparar contra esa cabaña por las molestias causadas por el ruido. Y Herzog tenía una técnica bastante peculiar para conseguir de él exactamente la interpretación que quería. En una escena, Kinski pretendía interpretar la locura de Lope de Aguirre gritando a pleno pulmón. Herzog quería algo mucho más contenido. Así que dejó que el actor gritara y se enfureciera durante aproximadamente hora y media hasta que terminó completamente agotado. Entonces consiguió la interpretación que buscaba.
El resultado es una de las películas más fascinantes del cine alemán de los setenta. Pero detrás de ella había una combinación difícil de superar: Selva, calor, producción precaria y un protagonista que podía convertirse en una amenaza para sus propios compañeros.
La Isla del Dr. Moreau (1996): Un director despedido, actores que huyen y Marlon Brando con una radio

Si alguna vez alguien quisiera demostrar que una película puede desmoronarse antes incluso de llegar a los cines, La Isla del Dr. Moreau sería un candidato perfecto.
El proyecto había sido desarrollado durante años por Richard Stanley, que finalmente consiguió dirigirlo. Sin embargo, apenas habían transcurrido unos días desde el comienzo del rodaje cuando todo empezó a venirse abajo. Val Kilmer estaba causando problemas, Rob Morrow, que había sido contratado como protagonista, abandonó la producción después de apenas un par de días y Stanley terminó siendo despedido por el estudio durante el cuarto día de rodaje.
Y aquí llega una de las historias más absurdas de todo el asunto.
Stanley no se marchó realmente de Australia. Después de ser despedido, desapareció durante un tiempo y acabó regresando clandestinamente al rodaje. ¿Su estrategia para volver a formar parte de su propia película? Disfrazarse de uno de los monstruos.
Sí. El director despedido consiguió infiltrarse en el rodaje convertido en un extra disfrazado de criatura y participó en escenas de la película que originalmente había sido contratado para dirigir.
Pero mientras tanto, el caos continuaba. Marlon Brando permanecía durante horas en su remolque con aire acondicionado mientras el resto del reparto esperaba bajo el calor tropical. Las relaciones entre Brando y Kilmer se deterioraron hasta tal punto que, según testimonios del equipo, en alguna ocasión ambos se negaron a salir de sus respectivos remolques mientras el otro estuviera presente.
Brando, además, tenía problemas para recordar sus diálogos. La solución fue colocarle un pequeño receptor de radio para que pudieran ir proporcionándole las frases. El sistema tenía un pequeño inconveniente: la frecuencia podía captar comunicaciones policiales. De este modo, en mitad de una escena, Brando podía estar interpretando al excéntrico Dr. Moreau y de repente empezar a repetir mensajes que llegaban de la policía local.
El resultado fue una película que tiene casi tanta historia detrás de las cámaras como delante de ellas. Y probablemente lo más surrealista de todo es imaginar al director original deambulando por su propio rodaje disfrazado de hombre-bestia después de haber sido despedido.
La Profecía (1976): El rodaje que alimentó una supuesta maldición

Con La Profecía entramos en terreno mucho más delicado, porque aquí conviene separar claramente los hechos documentados de la leyenda de la película maldita.
Durante la producción sucedieron varias coincidencias extraordinarias. Dos aviones en los que viajaban el protagonista Gregory Peck y el guionista David Seltzer fueron alcanzados por rayos durante vuelos relacionados con la película. El productor Harvey Bernhard también estuvo a punto de ser alcanzado por un rayo.
La historia se volvió todavía más macabra cuando Peck canceló un vuelo que debía llevarle a Israel. El avión que originalmente iba a utilizar terminó estrellándose y murieron todos sus ocupantes. Evidentemente, no existe ninguna prueba de que aquello tuviera relación con la película, pero la coincidencia resultaba tan espeluznante que contribuyó enormemente a la leyenda de La Profecía.
También ocurrieron incidentes con animales utilizados durante el rodaje. Algunos de los rottweilers empleados para la película atacaron a sus propios entrenadores. Y en el parque de animales donde se rodó una escena con babuinos ocurrió otra tragedia después de que el equipo abandonara el lugar, ya que un cuidador fue atacado y murió a causa de un león.
A esto se sumaron otros accidentes posteriores relacionados con miembros de la producción, lo que alimentó todavía más las historias sobre la supuesta maldición.
Pero aquí hay que hacer una distinción importante: los accidentes ocurrieron; la maldición no está demostrada. Lo verdaderamente bizarro es la acumulación de coincidencias y desgracias alrededor de una película cuyo argumento hablaba precisamente del Anticristo.
Hollywood hizo el resto.
Y cuando una película empieza a tener rayos, accidentes de avión, animales atacando a sus cuidadores y desgracias encadenadas, resulta bastante difícil impedir que alguien diga: «A lo mejor el niño de la película no era tan buen niño».
Titanic (1997): El rodaje que terminó con más de cincuenta personas en el hospital

Si hay una película que parece haber sido diseñada para entrar en esta lista, es Titanic. James Cameron decidió que para recrear el hundimiento del transatlántico no bastaba con construir unos cuantos decorados y fingir que estaban en el océano. Había que construirlos, meterlos en enormes tanques de agua y someterlos a todo tipo de situaciones.
El resultado fue uno de los rodajes más complicados y caros de su época, pero hubo un episodio especialmente absurdo que no tuvo absolutamente nada que ver con el hundimiento del barco.
Durante el rodaje en Nueva Escocia, parte del equipo estaba cenando una noche cuando alguien echó PCP en la sopa que se estaba sirviendo. Más de cincuenta personas terminaron en el hospital con síntomas de intoxicación. Entre ellas estaban James Cameron y el actor Bill Paxton. Cameron llegó a vomitar antes de que la droga hiciera todo su efecto y posteriormente describió una situación bastante surrealista en la que había miembros del equipo completamente fuera de sí. La policía abrió una investigación, pero nunca se descubrió quién había puesto la droga en la sopa.
Y aquello fue solamente uno de los problemas.
Kate Winslet sufrió varios accidentes durante las escenas acuáticas y llegó a contar que en una de ellas casi se ahoga después de que su ropa quedara atrapada. La actriz también terminó lesionándose durante la producción. Las condiciones de trabajo eran especialmente duras, con largas jornadas y enormes cantidades de agua, mientras Cameron insistía en conseguir que muchas situaciones parecieran lo más reales posible.
El rodaje también sufrió numerosos problemas con las estructuras y decorados utilizados para representar el barco. La producción llegó a gastar muchísimo más de lo inicialmente previsto y se convirtió en uno de los ejemplos más famosos de cómo una película puede crecer hasta dimensiones completamente descontroladas.
Pero lo de la sopa sigue siendo difícil de superar.
Después de gastar una fortuna en construir el Titanic, llenar gigantescos tanques de agua y rodar durante meses, alguien decidió que lo que realmente necesitaba aquella producción era drogar accidentalmente a más de medio centenar de personas con la sopa de la cena.
Y, por increíble que parezca, eso ocurrió de verdad.
Tiburón (1975): el tiburón mecánico que se negó a trabajar

Steven Spielberg quería hacer una película sobre un gran tiburón blanco y tomó una decisión que posteriormente acabaría complicándole la vida: rodar buena parte de Tiburón en el océano real.
El problema era que el océano no tenía ningún interés en colaborar.
Para representar al tiburón se construyeron tres enormes modelos mecánicos, conocidos colectivamente como Bruce. Funcionaban razonablemente bien en las pruebas, pero cuando llegaron al agua salada comenzaron los problemas. Las mangueras se rompían, los mecanismos fallaban, el agua dañaba los componentes y hasta el material utilizado para la piel del tiburón absorbía agua y provocaba problemas. Uno de los modelos llegó incluso a quedar varado y el sistema que lo mantenía a flote sufrió un accidente que terminó hundiendo la plataforma y el tiburón.
El rodaje estaba previsto inicialmente para unas 55 jornadas, pero terminó convirtiéndose en una pesadilla logística. El presupuesto pasó aproximadamente de cuatro millones de dólares a nueve millones, mientras que los problemas relacionados con los tiburones mecánicos dispararon por sí solos los costes de efectos especiales.
Y aquí apareció uno de esos accidentes que podrían haber acabado muchísimo peor. El escritor Carl Gottlieb estuvo a punto de ser alcanzado por la hélice de una embarcación y los actores sufrían constantemente mareos por las condiciones del mar. El propio barco Orca llegó a empezar a hundirse mientras los actores se encontraban a bordo.
Spielberg terminó descubriendo una solución involuntaria a todos aquellos problemas: mostrar menos al tiburón.
Como Bruce funcionaba tan mal, el director tuvo que rodar muchas escenas sin él y utilizar la cámara, la música y la reacción de los personajes para hacer creer al espectador que el animal estaba allí.
La ironía es fantástica.
La película que debía demostrar lo terrorífico que era un tiburón gigante acabó teniendo un rodaje aterrorizado por un tiburón de goma que no quería funcionar.
Y el fracaso técnico terminó convirtiéndose en una de las mejores decisiones artísticas de la película.
Ben-Hur (1959): Miles de extras, dinamita y una carrera que casi acaba en tragedia

La carrera de cuadrigas de Ben-Hur sigue siendo una de las secuencias más impresionantes de la historia del cine y, teniendo en cuenta cómo se rodó, resulta bastante fácil entender por qué.
La secuencia necesitó cinco semanas de rodaje repartidas durante tres meses y costó aproximadamente un millón de dólares, una cantidad extraordinaria para una sola escena en aquella época. Se utilizaron miles de extras y los caballos recorrían una y otra vez la pista a toda velocidad.
La producción utilizaba además pequeñas cargas explosivas para simular cómo las ruedas de los carros resultaban destrozadas durante los enfrentamientos. Las cámaras tenían que moverse prácticamente al ritmo de los carros y, en algunos momentos, se colocaban peligrosamente cerca de los caballos.
Durante una de las escenas, el especialista Joe Canutt, que hacía las partes más peligrosas para Charlton Heston, salió despedido de su carro al saltar sobre unos restos. Se golpeó la barbilla, pero consiguió volver a subir al carro mientras los caballos seguían corriendo.
Y aquí llega la parte curiosa: el accidente se quedó en la película.
Los responsables del montaje utilizaron aquel momento real y lo combinaron con un plano de Heston para crear la impresión de que Ben-Hur había sido lanzado hacia delante, había conseguido agarrarse y había vuelto a subir al carro.
Es decir, uno de los momentos más memorables de la carrera nació de un accidente que no estaba previsto de esa manera.
Pero la producción también tuvo un problema bastante menos cinematográfico. El día que se redujo el número de extras necesarios, miles de personas que habían acudido buscando trabajo fueron rechazadas. Más de 3.000 personas terminaron protagonizando disturbios en las puertas del estudio, lanzando piedras e intentando entrar hasta que intervino la policía.
Y conviene desmontar aquí una de las leyendas más famosas de la película: no está demostrado que muriera ningún especialista durante la carrera. Esa historia aparece en relatos posteriores, pero se considera una leyenda del rodaje.
Lo que sí ocurrió de verdad ya es suficientemente espectacular: una carrera de cuadrigas gigantesca, explosivos, miles de personas, caballos lanzados a toda velocidad y un accidente que terminó convertido en parte de la escena.
Mad Max (1979): Cine de guerrilla, carreteras cerradas y policías que acabaron ayudando

Antes de convertirse en una franquicia gigantesca, Mad Max fue una película australiana de presupuesto relativamente modesto que George Miller rodó prácticamente como si estuviera organizando una operación clandestina.
El propio Miller describió el proceso como «guerrilla filmmaking».
El equipo llegaba a las carreteras y las cerraba para rodar sin disponer inicialmente de los permisos necesarios. Ni siquiera utilizaban walkie-talkies porque la frecuencia que tenían disponible coincidía con la de la policía. Después de rodar, el propio equipo tenía que recorrer las carreteras para asegurarse de que no quedaba ningún vehículo ni ningún resto que pudiera provocar problemas.
Y aquí sucede algo que parece escrito para una película de humor.
La policía terminó descubriendo qué estaban haciendo. Pero en lugar de limitarse a detenerlos, acabó colaborando con la producción, ayudando a cerrar carreteras y escoltando los vehículos.
La película comenzó además con un accidente que obligó a sustituir a la actriz que interpretaba a la esposa de Max. Rosie Bailey resultó herida en un accidente de moto solamente cuatro días después de comenzar el rodaje y tuvo que ser reemplazada por Joanne Samuel, provocando un retraso de dos semanas.
Las escenas de persecuciones y accidentes se rodaron con una mezcla de especialistas, vehículos modificados y una planificación bastante más rudimentaria que la de una superproducción moderna.
Y precisamente ahí está la gracia.
Mad Max nació con tan pocos medios que su equipo tuvo que comportarse casi como una banda de cineastas clandestinos que aparecía en una carretera, hacía explotar coches y desaparecía antes de que alguien preguntara demasiado.
Paradójicamente, aquella falta de medios terminó convirtiéndose en parte de la identidad visual de la película.
El Resplandor (1980): Kubrick y la capacidad humana para repetir una toma hasta el infinito

Stanley Kubrick no necesitaba que hubiera animales salvajes, explosiones o barcos hundiéndose para convertir un rodaje en una experiencia extraordinariamente intensa.
Le bastaba con decir: «Otra vez».
El Resplandor tuvo un rodaje de aproximadamente 13 meses, una duración extraordinaria para una película de estas características. Shelley Duvall recordó posteriormente lo agotador que resultaba repetir escenas una y otra vez, especialmente las secuencias en las que tenía que correr, gritar y mantener un estado constante de terror.
Una de las escenas más famosas, la de Jack Nicholson atacando con el hacha la puerta del cuarto de baño, llegó a requerir una cantidad enorme de trabajo. Kubrick podía repetir una escena decenas de veces buscando una variación minúscula en el movimiento, el tono o la reacción de los actores.
La famosa escena de la pelota de tenis también se convirtió en una prueba de paciencia: Kubrick quería que la pelota pareciera moverse de manera completamente natural y se rodaron numerosas tomas para conseguir exactamente el efecto que buscaba.
Con Shelley Duvall, además, la exigencia era especialmente intensa. La actriz contó que hubo periodos en los que estaba llorando durante horas para conseguir mantener el estado emocional que Kubrick necesitaba.
Y aquí conviene hacer otra separación entre realidad y mito. Se han contado durante décadas cifras gigantescas sobre el número exacto de tomas de determinadas escenas, algunas tan exageradas que se han convertido prácticamente en leyenda. Lo que sí está perfectamente documentado es que Kubrick exigía una cantidad extraordinaria de repeticiones y que el rodaje fue especialmente duro para Duvall.
La paradoja es que El Resplandor trata sobre un hombre que va perdiendo progresivamente la cabeza mientras permanece aislado en un hotel.
Y detrás de las cámaras había un director que podía hacer que una escena aparentemente sencilla se repitiera tantas veces que cualquiera empezaría a preguntarse si el verdadero hotel encantado era el estudio de rodaje.
Heaven’s Gate (1980): cuando una película se convirtió en una batalla entre el director y el presupuesto

Michael Cimino llegó a Heaven’s Gate después del enorme éxito de The Deer Hunter, y United Artists le concedió una libertad creativa extraordinaria.
Probablemente demasiada.
El presupuesto inicial rondaba los 11,6 millones de dólares, pero la producción terminó costando más de 35 millones, y cuando se añadieron los gastos de promoción y las pérdidas posteriores, el desastre financiero fue todavía mayor.
Cimino quería controlar absolutamente todos los detalles. Para una escena llegó a exigir que una construcción fuera desmontada y reconstruida porque consideraba que los edificios estaban unos centímetros demasiado cerca entre sí. El problema es que aquella diferencia era prácticamente imposible de apreciar en pantalla.
La película también requería enormes cantidades de caballos, decorados gigantescos y escenas multitudinarias. El nivel de perfeccionismo llegó a provocar jornadas y retrasos cada vez mayores mientras el presupuesto seguía creciendo.
La situación llegó a tal punto que Heaven’s Gate pasó de ser una película ambiciosa a convertirse en uno de los mayores símbolos del exceso de Hollywood.
El estreno fue un desastre crítico y comercial. United Artists terminó absorbiendo unas pérdidas enormes y la producción contribuyó decisivamente a la crisis de la compañía. El coste final de producción documentado fue de aproximadamente 35,19 millones de dólares, más de tres veces el presupuesto original.
Con el paso de los años, la película ha sido reevaluada y ha encontrado defensores que consideran que su reputación inicial fue excesivamente cruel.
Pero incluso si uno disfruta de Heaven’s Gate, hay una cosa difícil de discutir:
Hacer que una película costara más de tres veces lo presupuestado porque el director quería controlar hasta la posición exacta de los edificios es una auténtica barbaridad.
La Pasión de Cristo (2004): Cuando un rayo cayó sobre el protagonista

El rodaje de La Pasión de Cristo también tuvo varios incidentes que contribuyeron a crear una curiosa leyenda alrededor de la producción.
Jim Caviezel, que interpretaba a Jesús, sufrió diferentes lesiones durante el rodaje. Una de las más llamativas fue una hipotermia que sufrió mientras permanecía expuesto al frío durante algunas escenas. También recibió golpes y padeció problemas físicos relacionados con las condiciones de trabajo.
Pero el episodio más espectacular fue un rayo.
Durante el rodaje de una escena al aire libre, Caviezel fue alcanzado por un rayo. El incidente fue descrito posteriormente por miembros de la producción y por el propio actor. El ayudante de dirección Jan Michelini, que se encontraba cerca, también fue alcanzado por un rayo en otro incidente.
Esto ha contribuido a que la película tenga fama de «maldita», pero aquí conviene ser especialmente cuidadosos: que ocurrieran accidentes y que Caviezel fuera alcanzado por un rayo no demuestra ninguna maldición sobrenatural.
De hecho, este es precisamente el tipo de historia en el que merece la pena separar los hechos de la interpretación posterior.
El hecho ya es suficientemente absurdo:
Estás rodando una película sobre Jesucristo, el actor que lo interpreta está caracterizado en mitad de un paisaje y, durante el rodaje, le cae un rayo encima.
No hace falta añadir demonios para que la anécdota sea memorable.
Y todavía quedaría Hollywood…
Después de recorrer todos estos rodajes, hay una conclusión bastante evidente: muchas veces lo más bizarro de una película no está en el guion. Está detrás de la cámara.
Hemos visto producciones que metieron animales salvajes en casas, serpientes por miles, barcos reales atravesando montañas, helicópteros volando entre explosiones, actores lesionándose de verdad, decorados ardiendo, ríos que se secaban, directores infiltrándose disfrazados de monstruos, producciones que acabaron intoxicadas con PCP y películas que estuvieron a punto de arruinar a sus propios estudios.
Y lo más curioso es que, en muchos casos, las historias reales son bastante más extrañas que las leyendas que surgieron después.
Porque cuando una producción ya ha sufrido todo eso, ¿Para qué inventarse nada?
La realidad se había encargado de escribir el making-of.








