Zombis Paletos (Redneck Zombies)

Zombis Paletos (Redneck Zombies)

Portada Zombis Paletos (Redneck Zombies)

Año: 1987

Director: Pericles Lewnes

Guión: Fester Smellman

Producción: Pericles Lewnes, Edward Bishop y George Scott

Reparto:
– Lisa M. DeHaven como Lisa Dubois
– Anthony Burlington-Smith como Bob
– James H. Housely como Wilbur
– Martin J. Wolfman como Andy
– Tyrone Taylor como Tyrone Robinson, el soldado
– Bucky Santini como Ferd Mertz
– Boo Teasedale como Sally
– Darla Deans como Theresa
– P. Floyd Piranha como Junior Clemson
– William Decker como Jethro Clemson
– William E. Benson como Jed Clemson
– Pericles Lewnes como Billy Bob «Elly May» Clemson
– Alice Fay Stanley como Imelda «Ma» Clemson
– Joe Benson como Hoss, el perro
– Allan Hogg como Colonel Sir
– Frank Lantz como Crazy Hitchhiker
– Sandy Bishop como Miz Ashley
– Alex Lewnes como Fester
– Matthew A. Goldberg como Matt
– Benjamin K. Goldberg como Ben
– J. Nick Alberto como Jake the Butcher
– Michael Poole como Butcher's Customer
– Jan Luffman como Butcher's Victim
– Jim Bellistri como Loren, el soldado gay
– Peter Kief como Sherman
– Jeffrey McKinstry como Featured Zombie
– Steve Messick como Jimmy L. Laird / Zombie
– Alissa Lewnes como Zombie
– J. Gerard MacNeil como Zombie
– Ben Madarang como Zombie
– Norman Massey Jr. como Zombie
– Peggy O'Neill como Zombie
– Gita Patel como Zombie
– Hemanshu Patel como Zombie
– Andy Riggin como Zombie
– Melissa E. Roberts como Zombie
– Michael J. Robinson como Zombie
– Eddie Pusey Jr. como Zombie
– Theresa San Lorenzo como Zombie
– Joe Saylor como Zombie
– Marie Schleifer como Zombie
– Eva L. Ware como Zombie
– John F. Watson como Zombie
– Christopher Morse Wescott como Zombie
– Stephen Whetstone como Zombie
– Steve Sooy como Mental Patient One
– Anthony M. Carr como Attendant One
– Ken Davis como Mental Patient Two
– Stan Morrow como Dr. Kildare
– Brent Thurston-Rogers como Dr. Casey
– Nicola Fiore como Homophobia / 20th-Anniversary Tromette
– William Craft como Victim
– Lawrence / Jim Bellistri como Soldier
– Samuel W. Johnson como participación adicional de producción
– George Scott como participación adicional
– Jason Foust como asistente de maquillaje
– Ben Horney como asistente de maquillaje

País: EEUU

Género: Terror, comedia, zombis, gore, explotación y serie Z

Duración: 87 minutos

Nivel de Bizarrismo:
​​💥💥💥💥💥 ​Obra maestra del bizarrismo

Imagen 1

Sinopsis

Un soldado del ejército pierde en mitad de los bosques un barril que contiene residuos tóxicos de origen nuclear. El problema ya sería considerable si el recipiente terminara abandonado en cualquier sitio, pero acaba cayendo en manos de la familia Clemson, una peculiar estirpe de paletos que encuentra una utilidad bastante creativa para su contenido.

Los Clemson deciden emplear el barril en la elaboración de su licor casero. El resultado tiene un color poco tranquilizador, pero en la América profunda parece que determinadas tonalidades verdes no constituyen un impedimento para beberse algo.

La bebida contaminada provoca una transformación bastante desagradable entre quienes la consumen: los habitantes de la zona empiezan a convertirse en zombis violentos y con una preocupante afición por la carne humana.

Mientras tanto, un grupo de jóvenes campistas se interna en el bosque sin tener ni idea de lo que está ocurriendo a su alrededor. Lo que pretendía ser una tranquila escapada termina convirtiéndose en una carrera por sobrevivir mientras los Clemson y otros habitantes transformados empiezan a llenar los alrededores de cadáveres, vísceras y bastante mala leche.

Y, por algún motivo que será mejor descubrir viendo la película, por ahí también anda el Hombre del Tabaco.

Análisis

Una película que nació con la cámara enchufada y el presupuesto escondido

Hay algo especialmente interesante en Redneck Zombies que va más allá de sus zombis de ojos negros, sus litros de sangre y esa decisión argumental de convertir un barril de residuos nucleares en ingrediente estrella para fabricar moonshine. La película pertenece a un momento muy concreto del cine independiente estadounidense: aquel en el que una videocámara podía convertirse en una puerta de entrada al cine para cualquiera que tuviera ganas, amigos dispuestos a colaborar y una tolerancia bastante elevada al ridículo.

Hoy nos resulta difícil imaginar lo que significaba aquello. Estamos acostumbrados a que cualquiera pueda grabar una película con un teléfono que probablemente tenga mejor cámara que muchas producciones profesionales de décadas anteriores. En 1987, sin embargo, rodar una película directamente en vídeo era todavía una rareza. Redneck Zombies se aprovecha de esa posibilidad hasta las últimas consecuencias y, al mismo tiempo, queda completamente expuesta por ella.

Porque el vídeo permite que la película exista. También permite que veamos prácticamente todas sus miserias. Y esa contradicción es, probablemente, lo más interesante de la criatura de Pericles Lewnes.

Los responsables tenían entusiasmo, conocían perfectamente el cine que querían homenajear y sabían que no estaban haciendo una producción convencional. El problema es que saber qué películas te gustan no significa necesariamente saber hacer una película como ellas. Ahí aparece la diferencia fundamental entre Redneck Zombies y algunas de las grandes obras artesanales del gore ochentero.

Cuando Romero se encuentra con los Three Stooges

Lewnes y Edward Bishop explicaban su intención recurriendo a una combinación bastante reveladora: el cine zombi de George A. Romero pasado por el filtro de Los Tres Chiflados. Es una declaración de intenciones que permite entender prácticamente toda la película.

Aquí el terror nunca tiene demasiadas posibilidades de sobrevivir intacto.

La película quiere sangre, mutilaciones y zombis, pero también quiere que el espectador se ría de lo que está viendo. Los paletos están construidos alrededor de estereotipos deliberadamente exagerados; los campistas parecen personajes atrapados en una comedia que accidentalmente ha contratado especialistas en efectos gore; y determinadas situaciones se prolongan hasta alcanzar ese punto en el que uno ya no sabe si está riéndose con la película o de ella. Y ojo, la diferencia es importante.

El humor funciona bastante mejor cuando nace de la propia situación. El concepto del licor contaminado, por ejemplo, es tan absurdamente sencillo que prácticamente no necesita adornos. El barril perdido, el alambique improvisado y los campesinos que deciden utilizar un residuo radiactivo como parte de su negocio de alcohol ilegal forman una cadena de decisiones tan estúpida que resulta difícil no seguirla con una sonrisa.

Cuando la película intenta fabricar el chiste de manera demasiado evidente, en cambio, el asunto se resiente. Ahí aparecen algunos de los momentos más escatológicos y exagerados, que pueden provocar carcajadas en el espectador predispuesto o simplemente una mirada al reloj en quien no haya entrado en el juego.

El problema de Redneck Zombies es que el presupuesto se ve

Hay películas de bajo presupuesto que consiguen transformar sus limitaciones en parte de su personalidad. Evil Dead consiguió hacer que sus recursos limitados parecieran una virtud gracias a una dirección llena de energía. Las primeras películas de Peter Jackson hicieron algo parecido desde un territorio todavía más cafre. Incluso buena parte del cine de explotación clásico aprendió a convertir la necesidad en estilo. Redneck Zombies está bastante más cerca de la necesidad desnuda.

La película no consigue ocultar sus carencias y, en ocasiones, tampoco parece especialmente interesada en hacerlo. La imagen tiene esa textura característica del vídeo doméstico de los ochenta, los cambios de luz y continuidad pueden resultar bastante evidentes y determinados efectos visuales parecen pertenecer a una época en la que descubrir un filtro nuevo en una videocámara podía convertirse en parte del argumento.

Pero aquí aparece algo que juega a su favor: esa imagen fea tiene personalidad.

El aspecto de vídeo convierte los bosques en un lugar ligeramente mugriento y extraño. La película parece estar ocurriendo en una cinta que alguien encontró en una caja de cartón junto a una televisión vieja. No posee la textura cinematográfica del terror tradicional, pero tampoco la necesita. Su fealdad visual encaja con el universo de la película.

El problema aparece cuando la falta de recursos afecta al ritmo, al sonido o a la puesta en escena. Ahí ya no hablamos de una estética deliberada, sino de limitaciones que sencillamente dificultan disfrutar de lo que ocurre.

Y una cosa es hacer cine cutre, pero otra muy distinta es conseguir que el cine cutre tenga ritmo.

El gore: donde la película encuentra su mejor aliado

Si hay un terreno en el que Redneck Zombies consigue defenderse con cierta dignidad es en los efectos gore.

Paradójicamente, la baja calidad de la imagen ayuda. La suciedad de la grabación, la iluminación irregular y esa textura de vídeo hacen que determinados maquillajes resulten más desagradables de lo que probablemente serían vistos con una imagen limpia y de alta definición.

Los responsables entendieron algo importante: si no puedes hacer que tus zombis parezcan reales, haz que parezcan asquerosos.

Y ahí sí hay una decisión estética bastante inteligente.

Los efectos no buscan competir con una superproducción. Hay vísceras, cuerpos destrozados, sangre, mutilaciones y toda clase de soluciones artesanales que encajan perfectamente con la tradición del splatter independiente. El gore no pretende ser elegante y tampoco debería serlo.

La película funciona mejor cuando abraza esa condición de feria sangrienta y deja de intentar demostrar que sabe hacer cine convencional.

Por eso algunos momentos violentos tienen bastante más fuerza que las escenas destinadas exclusivamente a desarrollar la trama. El horror físico se convierte en una especie de lenguaje propio: cuanto más desagradable, artesanal y excesivo se vuelve, más cerca está la película de encontrar su identidad.

Los actores han venido a otra película

Aquí hay que ser justos porque el reparto se enfrenta a un material que tampoco les pone precisamente una alfombra roja.

Las interpretaciones son exageradas, irregulares y, en determinados momentos, directamente desconcertantes. Pero también forman parte de ese tono de caricatura que busca la película.

El problema es que no todos los intérpretes parecen estar jugando exactamente al mismo juego.

Algunos personajes funcionan porque la exageración parece consciente. Otros dan la sensación de estar actuando como si aquello fuera un drama de terror convencional mientras el resto del reparto se ha escapado de una función de teatro de aficionados después de beberse una garrafa de moonshine radiactivo.

Y ahí destaca especialmente el personaje de Bob. Su comportamiento después de la muerte de su compañera alcanza unas cotas de sobreactuación tan extraordinarias que termina convirtiéndose casi en una criatura independiente dentro de la película. Es uno de esos casos curiosos en los que una interpretación puede ser técnicamente difícil de defender y, al mismo tiempo, resultar imposible de olvidar.

Lisa M. DeHaven, por su parte, ofrece una interpretación que ha provocado opiniones encontradas precisamente por su tendencia a llevar prácticamente cada frase hasta el límite de la sobreactuación. En una película seria, esto sería un problema monumental. En Redneck Zombies acaba contribuyendo a esa sensación de que todos los personajes están funcionando a una frecuencia ligeramente equivocada.

Y quizá esa sea la frecuencia correcta para esta película.

La sombra de La matanza de Texas

La influencia de The Texas Chain Saw Massacre resulta evidente en varios momentos, especialmente en la construcción de esa América rural convertida en territorio hostil.

Pero Redneck Zombies no intenta reproducir exactamente el terror de Tobe Hooper. Lo convierte en una caricatura. Una sátira.

La familia de paletos, el bosque, el autoestopista y determinados comportamientos de los personajes pertenecen a ese imaginario del terror rural que el cine estadounidense llevaba años explotando. Aquí, sin embargo, todo está pasado por una batidora de Troma.

También aparecen ecos del cine zombi de Romero y del gore de Evil Dead, mientras que el conjunto recuerda constantemente que estamos ante una película nacida del amor por el cine de explotación.

No es especialmente sutil con sus referencias. Tampoco parece preocuparle demasiado.

Y, sinceramente, sería raro exigir sutileza a una película en la que unos tipos encuentran residuos radiactivos y piensan que pueden utilizarlos para mejorar su receta de alcohol.

Troma encontró exactamente lo que estaba buscando

La relación entre Redneck Zombies y Troma resulta casi inevitable.

Lloyd Kaufman y Michael Herz habían construido una compañía especializada precisamente en encontrar valor comercial y cultural en películas que otros distribuidores podían considerar demasiado cutres, ofensivas, sangrientas o directamente imposibles de vender. Y en esa busqueda, Redneck Zombies encajaba como un guante.

No porque fuera una película técnicamente brillante, sino porque tenía algo que para Troma era mucho más importante: una identidad perfectamente reconocible.

La película sabe qué clase de criatura quiere ser. No intenta parecer una producción de Hollywood. No disimula sus referentes. No pretende convertir a sus paletos en personajes realistas ni a sus zombis en criaturas sofisticadas. Todo está llevado hacia el exceso.

Y ahí es donde aparece una diferencia importante entre una película mala sin más y una película de culto. Una película mala puede no tener nada detrás. Redneck Zombies, por el contrario, tiene una filosofía. Puede gustarnos más o menos su ejecución, pero existe una voluntad clara de hacer una película de zombis gamberra, grotesca, barata y deliberadamente absurda.

Eso no la convierte mágicamente en buena, pero sí explica por qué treinta y tantos años después seguimos hablando de ella.

¿Es mala porque sabe que es mala o porque realmente no funciona?

Aquí es donde conviene quitarse el cariño por el cine trash durante un momento. Porque Redneck Zombies tiene un problema que no desaparece simplemente diciendo que es una película de culto: hay partes que son bastante aburridas.

Y eso es bastante más grave que tener malos efectos.

El cine cutre puede ser maravilloso cuando cada nueva chapuza provoca curiosidad por descubrir cuál será la siguiente. El espectador puede perdonar una iluminación espantosa, un maquillaje de supermercado o una actuación imposible si la película mantiene la energía.

Pero cuando una escena se alarga sin aportar nada, la indulgencia empieza a desaparecer.

La película tiene momentos genuinamente divertidos y otros que funcionan por puro exceso. También tiene secuencias gore bastante disfrutables. Pero entre unas y otras hay tramos en los que el ritmo se desploma y la sensación de estar viendo a un grupo de amigos jugando a hacer una película se vuelve demasiado evidente.

Y esa es probablemente la frontera que Redneck Zombies no siempre consigue cruzar.

Películas como Evil Dead podían ser pobres de medios pero tenían una dirección que empujaba constantemente hacia delante. Redneck Zombies tiene ideas, entusiasmo y momentos memorables, pero no siempre tiene la misma capacidad para mantener al espectador agarrado por el cuello.

Una película de amigos que terminó convertida en pieza de videoclub

Quizá el aspecto más simpático de todo esto sea recordar dónde terminó esta pequeña película.

Nació de tres amigos aficionados al cine de terror que querían hacer algo sangriento y divertido sin disponer de grandes recursos. El proyecto fue creciendo entre fines de semana, colaboraciones de amigos y soluciones improvisadas. Y, contra todo pronóstico, acabó llamando la atención de una compañía como Troma.

Eso convierte a Redneck Zombies en algo más interesante que sus propios resultados cinematográficos.

Es un documento de una época en la que el cine independiente podía surgir de un grupo de personas convencidas de que tenían una película dentro y suficientemente cabezonas como para intentar sacarla adelante.

Y aquí sí merece la pena reconocer algo. Lo consiguieron.

No consiguieron hacer una gran película. No consiguieron dominar el ritmo, las interpretaciones, la continuidad o buena parte de los aspectos técnicos. Pero consiguieron terminarla, distribuirla y hacer que alguien siguiera hablando de ella décadas después.

Eso no es poca cosa.

El extraño lugar que ocupa hoy

Con el paso de los años, Redneck Zombies ha adquirido esa condición de película que funciona casi mejor como objeto de culto que como experiencia cinematográfica convencional.

Es una de esas cintas que uno puede recomendar a un amigo no necesariamente porque piense que vaya a considerarla una obra maestra, sino porque quiere ver su cara cuando aparezca determinada escena. Y eso también es una forma de legado.

No todas las películas sobreviven porque sean excelentes. Algunas sobreviven porque son demasiado particulares para desaparecer. Redneck Zombies pertenece a esa segunda categoría.

Tiene demasiadas carencias para recomendarla indiscriminadamente, pero también posee suficientes elementos propios como para que resulte injusto despacharla simplemente como “una película mala de zombis”. Es una cápsula de la cultura del videoclub, del cine amateur ochentero, de la Troma más gamberra y de una generación de aficionados que descubrieron que quizá no necesitaban permiso para intentar hacer una película.

El resultado es torpe, desigual y, por momentos, desesperante. Pero también es genuino.

Y en un género donde miles de películas han sido olvidadas, quizá esa sea una de las pocas cosas que realmente importan.

Curiosidades

El título fue prácticamente el origen de toda la película. Pericles Lewnes, Edward Bishop y William E. Benson querían rodar una película barata, sangrienta y divertida, pero todavía no tenían una historia definida. Cuando dieron con el nombre Redneck Zombies, se miraron y decidieron que aquel era el punto de partida. Después construyeron la película alrededor del título.

El Hombre del Tabaco nació como una especie de vendedor ambulante de tabaco convertido en criatura de pesadilla. La idea era jugar con la imagen cotidiana de un vendedor que recorre las zonas rurales, pero transformándolo en una presencia completamente desconcertante: cara cubierta, voz distorsionada y aspecto de personaje que parece haberse equivocado de película.

La película llegó a convertirse en una pregunta de Trivial Pursuit. El reclamo era su larguísimo eslogan: “They’re Tobacco Chewin, Gut Chompin, Cannibal Kinfolk from Hell!”. Que una producción tan minúscula acabara convertida en una pregunta de un juego de cultura general es probablemente una de las victorias más improbables de su historia.

El propio Pericles Lewnes acabó apareciendo en la cultura popular gracias a la película de una forma bastante peculiar. Según recordaba el director, Redneck Zombies llegó a aparecer mencionada en publicaciones como The New York Times y Life Magazine, algo bastante surrealista teniendo en cuenta sus orígenes como producción amateur.

Los responsables recibieron durante años una pregunta recurrente que ni siquiera podían responder: qué había ocurrido con el misterioso “bebedor” que aparece en la película. Edward Bishop llegó a reconocer que no sabía exactamente a qué personaje se referían algunos espectadores. Una película tan extraña que hasta sus propios creadores tenían dudas sobre determinados misterios.

También hubo insistencia durante años sobre una posible secuela. El problema, según Bishop, era bastante sencillo: ¿Cómo demonios haces una segunda parte de Redneck Zombies y consigues superar la primera? La respuesta nunca llegó a materializarse en una continuación oficial.

El éxito de culto de la película tuvo una consecuencia profesional inesperada para Pericles Lewnes. Lloyd Kaufman quedó suficientemente impresionado con su trabajo como para incorporarlo posteriormente a Troma, donde terminó participando en varias de las producciones más conocidas de la compañía. Una película de zombis paletos rodada entre amigos terminó siendo, en cierto modo, su tarjeta de visita profesional.

La película fue utilizada como ejemplo en el documental español Troma is Spanish for Troma (2011), dedicado a la influencia de la compañía de Lloyd Kaufman en el cine independiente y underground español. Que una producción amateur estadounidense de 1987 terminara formando parte de esa genealogía es una conexión bastante curiosa.

Pericles Lewnes y Edward Bishop defendieron durante años una comparación bastante ambiciosa para describir su criatura: la llamaban el “Ciudadano Kane de las películas malas”. La frase terminó convirtiéndose en una especie de lema informal de la película y resume perfectamente la desmesurada confianza que tenían sus responsables en aquella criatura.

El rodaje contó con situaciones tan precarias que el propio equipo tuvo que improvisar soluciones insólitas, como esconder micrófonos entre las rocas cuando no disponían de una persona encargada del sonido. No es simplemente una cuestión de presupuesto: algunas escenas se resolvieron literalmente con lo que tenían a mano.

Imagen 2

Dónde verla

En Youtube la tenéis completa, doblada y gratuita

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Trailer

Conclusión

Redneck Zombies no es una joya escondida que llevemos décadas esperando descubrir. Tampoco hace falta fingir que lo es para disfrutarla. Es una película cutre, irregular, mal interpretada, técnicamente limitada y con momentos en los que el aburrimiento llama a la puerta. Pero también tiene sangre, personalidad, un sentido del exceso bastante particular y esa clase de espíritu artesanal que resulta cada vez más difícil de encontrar. Y más dificil de olvidar.

Escrito por:

Javi Sardi

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