El título ya te explica prácticamente todo lo que necesitas saber: Un mega tiburón contra un pulpo gigante. Si además detrás está The Asylum, sabes que la cosa no va precisamente de realismo científico. En 2009, esta pequeña producción de monstruos marinos consiguió convertirse en uno de los títulos más conocidos de la productora y en una auténtica pieza de culto dentro de la serie B más desvergonzada.
Mega Shark VS Giant Octopus
Año: 2009
Director: Jack Pérez (Acreditado como Ace Hannah)
Guión: Jack Pérez (acreditado como Ace Hannah)
Producción: David Michael Latt, David Rimawi y Paul Bales
Reparto:
– Deborah Gibson como Emma MacNeil
– Lorenzo Lamas como Allan Baxter
– Vic Chao como Dr. Seiji Shimada
– Mark Hengst como Dick Richie
– Sean Lawlor como Lamar Sanders
– Dean Kreyling como capitán del submarino estadounidense
– Stephen Blackehart como jefe de sonar de los submarinos estadounidenses
– Larry Wang Parrish como capitán del Tifón japonés
– Douglas N. Hachiya como técnico de sonar japonés
– Jay Beyers como oficial piloto
– Stefanie Gernhauser como comandante del submarino Françoise Riley
– Jonathan Nation como Vince
– Cooper Harris como técnico de sonar de los destructores estadounidenses
– Dustin Harnish como timonel del submarino estadounidense
– Colin Broussard como radiotelegrafista
País: Estados Unidos / Reino Unido
Género: Ciencia ficción, monstruos, catástrofes, serie B
Duración: 90 minutos aprox.
Nivel de Bizarrismo: 💥💥💥💥 Caos absoluto
Sinopsis
Mientras estudia a un grupo de ballenas frente a las costas de Alaska, la oceanógrafa Emma MacNeil presencia las consecuencias de unas pruebas militares de sonar realizadas en la zona. El incidente termina provocando la fractura de un enorme bloque de hielo que llevaba millones de años ocultando a dos criaturas prehistóricas: un gigantesco megalodón y un pulpo de proporciones monstruosas.
La aparición de ambos animales desencadena una sucesión de ataques en distintos puntos del Pacífico. El pulpo causa estragos frente a las costas de Japón mientras el tiburón se convierte en una amenaza para barcos, submarinos y población civil. Emma, junto a su antiguo profesor Lamar Sanders y el científico japonés Seiji Shimada, intenta convencer a las autoridades de que necesitan encontrar una solución antes de que los monstruos provoquen una catástrofe mayor.
Los diferentes intentos de controlar a las criaturas fracasan y las opciones militares empiezan a resultar cada vez más peligrosas. Finalmente, los científicos plantean una alternativa mucho más sencilla: Utilizar las propias criaturas para acabar con el problema. Si consiguen atraer al Mega Shark y al Giant Octopus hasta el mismo lugar, quizá su propia rivalidad permita resolver una amenaza que los humanos no han sido capaces de detener.
Análisis
El problema de una película que ya se ha gastado su mejor cartucho en el título
Mega Shark vs. Giant Octopus tiene una virtud muy poco habitual: no necesita presentación. El título es el argumento comercial, el cartel, la promesa y prácticamente el contrato que firma con el espectador. No hay misterio sobre lo que vamos a encontrar: dos criaturas gigantescas van a enfrentarse y, si todo sale bien, alguna infraestructura reconocible acabará pagando los platos rotos.
El problema es que una película no puede vivir únicamente de la idea que la puso en marcha. Y aquí aparece la gran contradicción de Mega Shark vs. Giant Octopus: como concepto es cuanto menos curioso y desternillante; como película, no tanto. La premisa tiene ese sabor maravilloso del cine de monstruos que entiende que, llegado determinado punto, preguntar «¿pero esto tiene sentido?» es perder el tiempo. El problema es que la película no consigue convertir esa premisa en noventa minutos igual de entretenidos.
The Asylum encontró con ella una fórmula que después explotaría hasta la saciedad: coger una criatura reconocible, hacerla gigantesca, enfrentarla con otra todavía más absurda y construir alrededor un argumento científico-militar que permita justificar los mamporros. Sobre el papel funciona. En pantalla, sin embargo, hay una diferencia considerable entre tener una buena ocurrencia y saber sostenerla.
El monstruo que se come la película… cuando aparece
El gran problema estructural es bastante sencillo: el espectador viene a ver al Megatiburón y al Pulpo Gigante, pero la película pasa demasiado tiempo sin ellos.
Las escenas de los monstruos son, precisamente, las que tienen más personalidad. No porque los efectos sean buenos —no lo son— sino porque existe una imaginación visual que, cuando se decide a soltarse, produce imágenes que se te quedan grabadas. El tiburón saltando para alcanzar un avión es exactamente el tipo de disparate que uno espera encontrar en una producción así. No necesita ser realista, sofisticado ni científicamente defendible. Necesita ser espectacular.
Y, sin embargo, la película parece tener miedo de gastar demasiado dinero en su propia razón de existir. Los monstruos aparecen poco, sus enfrentamientos son breves y buena parte de la destrucción se construye mediante planos rápidos y efectos digitales que difícilmente consiguen transmitir peso o escala. Algunas críticas de la época señalaron precisamente que los momentos de auténtico caos monstruoso eran demasiado escasos para una película cuyo principal atractivo estaba ahí.
Es una lástima porque la imaginación está ahí. El problema es que entre una buena idea y otra hay demasiado relleno.
Cuando los humanos se convierten en el problema
La parte humana tampoco consigue levantar la película. Emma MacNeil, interpretada por Deborah Gibson, funciona razonablemente bien como protagonista porque Gibson consigue aportar algo de naturalidad dentro de un conjunto bastante irregular. No hace milagros, pero tampoco es justo convertirla en cabeza de turco: hay momentos en los que parece estar interpretando una película distinta a la que están interpretando algunos de sus compañeros.
Vic Chao también aporta cierta estabilidad como Seiji Shimada, mientras que Sean Lawlor cumple mejor cuando la película le permite exagerar. El caso de Lorenzo Lamas es diferente. Su Allan Baxter es un personaje construido prácticamente a base de testosterona, órdenes militares y malas pulgas, y Lamas decide abrazar esa exageración hasta el punto de convertirlo en una especie de caricatura del típico mandamás de película de catástrofes. Hay críticas que han visto precisamente esa interpretación como una de las partes más deliberadamente exageradas del conjunto.
El verdadero problema no es que los personajes sean tópicos. En una serie B de monstruos eso puede ser perfectamente válido. El problema es que el guion no sabe sacar suficiente partido de ellos. Los científicos hablan como personajes de una película de ciencia ficción barata, los militares hablan como personajes de una película de acción barata y los conflictos aparecen y desaparecen con una rapidez que impide que lleguemos a preocuparnos demasiado por nadie.
Y cuando una película tarda tanto en volver a sus monstruos, necesitas que los humanos sean interesantes. Aquí no lo son lo suficiente.
Ciencia de saldo y lógica de dibujos animados
La película intenta vestir su disparate con una capa de ciencia ficción relativamente seria. Tenemos oceanógrafos, investigaciones, sonares, estrategias militares, experimentos y toda la parafernalia necesaria para que alguien pueda decir «debemos encontrar una solución» mientras detrás de él hay una pantalla llena de gráficos.
El problema es que esa fachada científica se desmorona continuamente.
No hace falta exigirle rigor académico a una película sobre un megalodón capaz de alcanzar un avión en pleno vuelo. Esa sería una batalla absurda. Pero sí hace falta que las reglas internas de la película sean suficientemente coherentes para que el espectador pueda entrar en el juego. Aquí muchas decisiones parecen tomadas únicamente porque conducen a la siguiente escena.
El resultado es una especie de ciencia ficción de plastilina: si hace falta una explicación, se pone una; si deja de hacer falta, se abandona. Y cuando la película llega a su estrategia definitiva, la solución tiene una lógica tan sencilla que prácticamente parece diseñada durante una pausa para el café: si no podemos acabar con los monstruos por separado, quizá podamos conseguir que se maten entre ellos.
Es una idea tan absurda como apropiada para la película. Lo malo es que el camino hasta llegar a ella no resulta especialmente ingenioso.
El apartado visual: presupuesto limitado, imaginación todavía más limitada
Aquí es donde resulta necesario separar dos cosas: que los efectos sean malos no significa automáticamente que la película sea divertida.
Los efectos digitales son muy desiguales. Hay imágenes que tienen cierta gracia precisamente porque su falta de realismo forma parte del espectáculo, pero otras tienen tan poca integración con los escenarios que cuesta creer que los personajes estén viendo aquello que nosotros estamos viendo. Algunas reseñas señalaron incluso el uso de imágenes de archivo submarinas y anomalías geográficas o zoológicas bastante evidentes.
Y eso sería perdonable si la puesta en escena tuviera más imaginación.
El cine de monstruos barato ha demostrado muchas veces que no necesitas dinero para crear una escena memorable. Puedes ocultar al monstruo, sugerirlo, jugar con las sombras, construir tensión, utilizar el sonido o aprovechar el fuera de campo. Mega Shark vs. Giant Octopus suele hacer lo contrario: enseña criaturas digitales que no terminan de parecer integradas en el mundo físico y después corta rápidamente a personajes mirando pantallas.
Ahí está una de las mayores oportunidades perdidas de la película. El presupuesto limitado no era necesariamente el enemigo. La falta de recursos podía haberse convertido en parte del lenguaje de la película. En demasiados momentos simplemente se nota como una carencia.
El tono: ¿Se ríe de sí misma o simplemente salió así?
Esta es probablemente la cuestión más interesante de Mega Shark vs. Giant Octopus.
Porque hay momentos en los que parece evidente que sus responsables saben perfectamente lo ridículo de lo que están haciendo. El propio concepto tiene una naturaleza tan desproporcionada que resulta difícil pensar que nadie fuera consciente de ello. Además, la película contiene situaciones y diálogos que parecen buscar deliberadamente ese punto de exageración.
Pero después llega una escena completamente plana, un diálogo inexpresivo o una secuencia de investigación que se toma demasiado en serio, y vuelve la duda.
No es una comedia deliberadamente disparatada de principio a fin. Tampoco es un thriller serio de monstruos. Vive en una zona intermedia bastante extraña.
Y esa indefinición explica buena parte de su funcionamiento como película de culto. Si la ves esperando una producción técnicamente competente, resulta muy fácil desesperarse. Si la ves esperando una película de monstruos capaz de proporcionar momentos absolutamente absurdos, encuentras cosas que funcionan. El problema es que la película no consigue mantener esa energía durante todo el metraje.
The Asylum encuentra aquí una mina
Más allá de sus virtudes y defectos, Mega Shark vs. Giant Octopus resulta importante dentro de su propio ecosistema porque representa bastante bien el momento en que The Asylum empezó a comprender que el disparate podía venderse por sí mismo.
La compañía ya tenía experiencia con los mockbusters, pero esta película apuntaba hacia otra cosa: no necesitaba esconderse detrás de una película de Hollywood. El propio concepto era suficientemente llamativo. El público no necesitaba que le explicasen por qué debía verla. Bastaba con leer el título.
Y eso es importante porque el monstruo acabó convirtiéndose en una especie de mascota de una determinada forma de entender la serie B moderna. La película abrió una saga y ayudó a consolidar ese territorio de criaturas cada vez más grandes, enfrentamientos imposibles y títulos que parecen concebidos durante una competición para ver quién consigue decir la combinación de palabras más disparatada.
Ahí está su auténtico legado: quizá no sea una gran película, pero sí es una película que entendió perfectamente qué clase de producto quería ser.
Una mala película puede ser una película interesante
Y aquí es donde conviene aplicar el criterio que necesita este tipo de cine. Decir que Mega Shark vs. Giant Octopus es bizarra no significa que tengamos que fingir que es buena… No lo es.
El guion es flojo, el ritmo se resiente, los personajes están poco desarrollados, los efectos son muy irregulares y la película dedica demasiado tiempo a preparar una batalla que debería ser el corazón del espectáculo. Hay películas de monstruos de bajo presupuesto que consiguen hacer mucho más con exactamente las mismas limitaciones.
Pero tampoco sería justo decir que no tiene nada.
Tiene una idea comercialmente perfecta, varias imágenes memorables, un concepto que funciona inmediatamente, cierta capacidad para abrazar el disparate y el suficiente desparpajo como para haberse convertido en una pieza reconocible del cine de monstruos de serie B de los 2000. La escena del tiburón y el avión, por ejemplo, resume perfectamente lo que esta película puede ofrecer cuando deja de intentar ser una película convencional y se acuerda de que hemos venido a ver un tiburón gigantesco haciendo cosas que ningún tiburón debería poder hacer.
El problema es que esas dosis de gloria son demasiado pequeñas y demasiado separadas entre sí.
Curiosidades
• Fue la primera película de The Asylum que llegó a tener un estreno en cines, algo especialmente llamativo teniendo en cuenta que la compañía terminaría convirtiendo este tipo de producciones de monstruos gigantes en una de sus principales señas de identidad.
• La película se rodó en apenas doce días, durante enero de 2009. Buena parte de la producción utilizó localizaciones de California, entre ellas la central eléctrica AES Alamitos, los estudios Laurel Canyon Stages, el muelle de Long Beach y Leo Carrillo State Beach, en Malibú.
• El proyecto tuvo originalmente la coletilla “3D” en el título. La película llegó a plantearse como Mega Shark Versus Giant Octopus 3D, pero finalmente esa idea se abandonó al no conseguirse la financiación necesaria para realizarla en 3D.
• El tráiler terminó convirtiéndose en un fenómeno viral antes del estreno. Entre MTV.com y YouTube acumuló más de dos millones de reproducciones en las semanas previas al lanzamiento, una respuesta que ayudó a disparar el interés por la película y las reservas de su DVD.
• El concepto del enfrentamiento entre un tiburón gigante y un pulpo gigantesco surgió a propuesta de la distribuidora japonesa Albatross.The Asylum tomó aquella premisa y la convirtió en el espectáculo de criaturas que acabaría dando nombre a toda una saga.
• Deborah Gibson no era una actriz desconocida que aparecía de casualidad en una película de serie B. Antes de convertirse en Emma MacNeil había tenido una importante carrera como cantante pop, especialmente a finales de los años ochenta. La propia película aprovecha ese pasado para introducir un chiste sobre el supuesto declive de su carrera musical.
• La película dio origen a la saga Mega Shark. El enfrentamiento de 2009 fue el primero de una serie de películas protagonizadas por distintas amenazas gigantescas, convirtiendo al Mega Shark en uno de los monstruos recurrentes más reconocibles del catálogo de The Asylum.
• La película está plagada de errores de continuidad y material reutilizado, hasta el punto de que una misma escena de combate entre las criaturas utiliza imágenes repetidas y algunos planos aparecen incluso invertidos.
• El apartado militar tampoco se libra de las licencias de la película. Entre sus gazapos hay un avión que cambia de modelo durante una misma secuencia y referencias a material militar fuera de época, algo bastante acorde con la filosofía de producción de la película.
Dónde verla
Actualmente solo parece estar disponible en streaming en Fubo Tv
Mega Shark vs. Giant Octopus está lejos de ser una buena película, pero como pieza de bizarrismo funciona bastante mejor. Tiene un concepto gloriosamente absurdo, algunos momentos memorables y ese encanto cutre que la convirtió en una de las criaturas más reconocibles de The Asylum. No es buena serie B. Pero sí es una serie B que sabe cómo conseguir que recuerdes su nombre.
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