Cuando uno piensa en un Papa, la imagen habitual suele ir por otros derroteros: bibliotecas silenciosas, debates teológicos, votos de castidad, y como mucho alguna intriga palaciega dentro del Vaticano (Entre otras polémicas que no vamos a comentar por aquí, pero que por supuesto las hay, y no pocas…). Lo que no entra en esa ecuación es la posibilidad de que ese mismo hombre, antes de vestirse de blanco, hubiera participado en ataques navales, saqueos y episodios de violencia en el Mediterráneo.
Y sin embargo, en la historia de la Iglesia aparece una figura que rompe cualquier molde posible: Baldassarre Cossa, el hombre que llegó a ser conocido como Juan XXIII durante el Cisma de Occidente, pero que antes de todo eso ya había vivido una vida que parece más propia de una novela de corsarios que de un futuro pontífice.

Nacido alrededor de 1370 en la isla de Prócida, cerca de Nápoles, pertenecía a una familia noble venida a menos que encontró en el mar una forma bastante directa de sobrevivir. En aquella época, la frontera entre corsario autorizado, mercenario y pirata era tan difusa que todo dependía de quién firmaba el permiso… o de quién ganaba la guerra y escribía después la historia.
Las crónicas y relatos posteriores —algunos claramente inflados por intereses políticos— le atribuyen juventud ligada al corso marítimo en el Adriático y el Jónico. En otras palabras: antes de estudiar Derecho Canónico, antes de vestir sotana, antes de cualquier carrera eclesiástica, ya sabía lo que era el olor a madera mojada, sangre y saqueo en cubierta.
De la isla de Prócida a Bolonia: el cambio de sable por derecho canónico
La historia de Cossa no es la de un hombre que entra en la Iglesia por vocación mística. Es la historia de alguien que entiende muy bien dónde está el poder.
Tras su juventud ligada al mar, abandona ese mundo violento —o al menos lo aparca estratégicamente— y se traslada a Bolonia, donde estudia Derecho Civil y Derecho Canónico en una de las universidades más antiguas de Europa. Allí no solo aprende leyes: aprende cómo funciona el sistema que gobierna el continente.
Y eso, en la Edad Media, es prácticamente aprender a mover el mundo desde dentro.
Su ascenso es rápido. Demasiado rápido para algunos. En poco tiempo pasa de estudiante a figura relevante dentro del engranaje eclesiástico, hasta convertirse en cardenal bajo el pontificado de Bonifacio IX. En ese entorno ya empieza a construirse su reputación: hombre inteligente, extremadamente ambicioso, hábil en lo político y, según múltiples testimonios, mucho más interesado en el dinero y el poder que en la espiritualidad.
Las acusaciones de simonía —la compra y venta de cargos eclesiásticos— empiezan a rodearle desde temprano. Pero conviene no perder de vista el contexto: aquella Iglesia medieval funcionaba en muchos niveles como una red de poder político donde la corrupción no era una excepción, sino parte del sistema.
El Cisma de Occidente: cuando la Iglesia tuvo tres papas a la vez
Para entender cómo alguien como Cossa puede acabar siendo Papa, hay que entender el caos absoluto del momento.
Europa vive el llamado Cisma de Occidente, una de las crisis más surrealistas de la historia del cristianismo: Durante décadas llegan a coexistir tres papas reclamando legitimidad.
Uno en Roma, otro en Aviñón y otro surgido del Concilio de Pisa. Tres cabezas para una misma Iglesia. Tres obediencias distintas. Tres redes de poder enfrentadas.

Es en ese contexto donde, tras la muerte de Alejandro V en 1410 (Otro «antipapa»), Baldassarre Cossa es elegido por la obediencia pisana y adopta el nombre de Juan XXIII. No era un papa reconocido por todos, ni mucho menos. Para Roma y Aviñón era directamente un antipapa. Pero en su esfera de influencia, era una figura con poder real, ejércitos, alianzas y capacidad de decisión.
Y aquí empieza la parte que hace que su biografía sea tan incómoda como fascinante.
Un papa con mentalidad de caudillo
Lejos de la imagen idealizada, Juan XXIII gobierna más como un estratega político que como un líder espiritual. Su estilo es el de alguien que entiende perfectamente cómo funciona la fuerza.
Recaudación de dinero, alianzas cambiantes, presión militar, control territorial… su pontificado es cualquier cosa menos pacífico. Y su relación con familias bancarias como los Médici refuerza aún más su poder económico, hasta el punto de convertir a Florencia en pieza clave del engranaje financiero papal.
En su entorno, la política y la economía son indistinguibles de la religión.

El Concilio de Constanza: el momento en el que todo se rompe
El sistema no podía sostenerse indefinidamente. En 1414 se convoca el Concilio de Constanza para intentar resolver el desastre institucional del Cisma.
Cossa acude convencido de que puede consolidar su posición. Pero la realidad es otra: el concilio no busca reforzarlo, sino eliminarlo como pieza del problema.
Cuando percibe que su posición es insostenible, intenta huir. No como un pontífice solemne, sino disfrazado, intentando escapar de la situación. Es capturado y llevado ante uno de los juicios más duros de la época.
Se le imputan cargos extremos: piratería, asesinato, violación, sodomía, incesto, simonía, corrupción, tortura… una lista que parece más un catálogo político que una sentencia judicial moderna.
Y aquí es donde la historia se vuelve más compleja. Muchos historiadores consideran que buena parte de estas acusaciones fueron amplificadas o directamente construidas para justificar su destitución. Otras tienen base en testimonios contemporáneos, pero filtrados por intereses políticos evidentes.
La verdad, como suele ocurrir en la Edad Media, queda atrapada entre hechos y propaganda.
De antipapa a pieza incómoda de la Iglesia
En 1415 es depuesto oficialmente. Pero la historia no termina ahí.
Tras aceptar la autoridad del nuevo orden eclesiástico encabezado por Martín V, es reintegrado parcialmente dentro de la estructura de la Iglesia como cardenal-obispo de Frascati. Es una especie de reciclaje político. Demasiado importante para desaparecer, demasiado problemático para rehabilitar del todo.
Muere en 1419 en Florencia. Y como cierre simbólico, la poderosa familia Médici financia una tumba monumental diseñada por Donatello, todavía visible hoy.
Un final casi irónico para alguien que había empezado su vida saqueando barcos en el Mediterráneo.
El problema del nombre: por qué hubo dos Juan XXIII
Aquí aparece uno de los detalles más curiosos de toda esta historia.
El nombre Juan XXIII fue reutilizado en 1958 por Angelo Roncalli. Pero ¿cómo puede haber dos?
La respuesta está en la propia decisión histórica de la Iglesia: al considerar a Baldassarre Cossa como antipapa, su nombre fue eliminado de la lista oficial de pontífices legítimos. Es decir, dejó de “existir” como papa en la cronología oficial de la iglesia.
Eso permitió que siglos después el nombre quedara disponible otra vez.

(4 años y 218 días)
Así nacen dos figuras completamente opuestas unidas por un mismo título: uno vinculado al Concilio Vaticano II y otro cuya biografía incluye guerra, política extrema, violencia y uno de los episodios más turbulentos del cristianismo medieval.
Entre mito, propaganda y realidad incómoda
La figura de Cossa siempre ha estado atrapada entre dos narrativas.
Por un lado, la del depredador político sin escrúpulos, un hombre que habría llevado su pasado violento al corazón de la Iglesia. Por otro, la de un personaje utilizado como chivo expiatorio en una época donde las luchas de poder eran brutales y las acusaciones se usaban como armas políticas.
Lo único indiscutible es que su vida refleja una época en la que las instituciones religiosas, políticas y económicas estaban profundamente entrelazadas, y donde el ascenso al poder no seguía reglas muy diferentes a las del resto del mundo medieval: alianzas, fuerza, dinero y oportunismo.
Cuando la historia suena demasiado absurda para ser cierta, pero lo es…
Si alguien escribiera hoy una historia sobre un pirata napolitano que estudia derecho, asciende dentro de la Iglesia, se convierte en papa durante un cisma con tres pontífices simultáneos, huye disfrazado de un concilio que lo juzga por decenas de crímenes y termina enterrado con una tumba esculpida por Donatello, probablemente le dirían que ha exagerado. Pero ocurrió.
Y quizás esa sea la parte más inquietante de todo esto: que la historia real, cuando se observa sin filtros, a veces es mucho más extraña que cualquier ficción. Aunque en aquellos tiempos tenían una curiosa costumbre: convertir lo inverosímil en rutina. Y Baldassarre Cossa fue, sin duda, uno de sus personajes más extravagantes.
Cierto es que en 2016 este personaje tan curioso fue interpretado por el actor Steven Waddington en la miniserie Medici: Masters of Florence. Pero podría tener su propia serie, ya que es sin duda una historia cuanto menos interesante, eso seguro.








