Hay películas raras que envejecen mal. Y luego está Zardoz, que directamente parece rodada durante un apagón mental colectivo, provocado por sobredosis de LSD, filosofía de primero de carrera y vino peleón.
Aquí Sean Connerycambia el esmoquin de James Bond por un taparrabos rojo infernal, una coleta imposible y unas botas que parecen robadas de una discoteca de carretera galáctica. Todo mientras una gigantesca cabeza flotante escupe armas y grita frases que harían sonrojar a un gurú de secta en un festival hippie.
Y lo más maravilloso de todo es que la película va COMPLETAMENTE en serio.
Zardoz
Año: 1974
Director: John Boorman
Guión: John Boorman
Producción: John Boorman
Reparto:
– Sean Connery como Zed
– Charlotte Rampling como Consuella
– Sara Kestelman como May
– John Alderton como Amigo
– Sally Anne Newton como Avalow
– Niall Buggy como Arthur Frayn / Zardoz
– Bosco Hogan como George Saden
– Jessica Swift como Apática
– Bairbre Dowling como Star
– Christopher Casson como Viejo Científico
– Reginald Jarman como la voz de la Muerte
Nivel de Bizarrismo: 💥💥💥💥💥 Obra maestra del bizarrismo
Sinopsis
En un futuro postapocalíptico donde el sentido común lleva décadas muerto y enterrado, la humanidad está dividida entre los “Brutos”, una panda de salvajes violentos, y los “Eternos”, unos inmortales acomodados que viven encerrados en una comuna futurista de hippies intensitos.
Dominándolo todo está Zardoz, una gigantesca cabeza flotante de piedra que aparece por el cielo repartiendo pistolas y soltando discursos dignos de un cuñado interdimensional colocado hasta las cejas.
En medio del caos aparece Zed, un guerrero interpretado por un Sean Connery que parece salido de un calendario erótico nuclear de los años 70. Cuando descubre que Zardoz es una mentira creada para manipular a la humanidad, se infiltra en el mundo de los Eternos dispuesto a desmontar el tinglado.
O al menos eso creemos. Porque llega un momento donde la película entra en barrena filosófica y ya nadie sabe muy bien qué demonios está pasando. Incluyendo seguramente a parte del reparto.
Análisis
ZARDOZ: Sean Connery en taparrabos, una cabeza voladora y un colocón filosófico imposible de explicar sin llamar a Iker Jiménez
Hay películas raras. Luego está Zardoz, que directamente parece el resultado de meter a Stanley Kubrick, un druida irlandés, un hippie con acceso ilimitado al LSD y a Sean Connery dentro de una coctelera industrial. Lo que sale de ahí no es exactamente una película de ciencia ficción. Es más bien una experiencia extracorpórea. Una de esas obras que te dejan mirando la pared al terminar mientras piensas: “¿qué coño acabo de ver?”.
Y ojo, porque lo mejor de todo es que esto no nació como una gamberrada hecha con cuatro duros para reírse del personal. No. John Boorman iba completamente en serio. Venía de triunfar con Deliverance, tenía prestigio, dinero y libertad total para hacer lo que quisiera. Y decidió utilizar ese cheque en blanco para crear una distopía filosófica donde Sean Connery lleva el outfit más humillante de toda la historia del cine mainstream mientras una cabeza gigante flotante grita cosas como: “El pene es malo. El arma es buena”.
Y sí, esto ocurrió de verdad.
Una distopía hippie donde la inmortalidad da más pereza que ilusión
La premisa de Zardoz ya es un festival. En el año 2293 la humanidad está dividida entre dos grupos:
Los Brutales, una especie de bárbaros analfabetos usados como mano de obra y carne de cañón.
Los Eternos, una élite inmortal que vive encerrada en una burbuja tecnológica llamada El Vórtice.
Los Eternos viven para siempre… pero están muertos por dentro. No hay pasión, no hay deseo, no hay motivación. Algunos acaban catatónicos. Otros envejecen como castigo social y son condenados a una residencia geriátrica eterna que parece diseñada por Dalí durante una resaca de absenta.
Mientras tanto, fuera de la burbuja, una cabeza flotante de piedra llamada Zardoz manipula a los Brutales usando religión, miedo y rifles. Dentro de esa gigantesca cabeza viaja Arthur Frayn, una especie de mago farsante que controla todo el tinglado.
Y entonces aparece Zed. O lo que es lo mismo: Sean Connery vestido como si Conan hubiese perdido una apuesta en un after de Ibiza.
Sean Connery y el taparrabos más famoso del cine bizarro
No se puede hablar de Zardoz sin detenerse en EL TRAJE.
Porque aquello no era vestuario. Era un atentado visual. Un crimen textil. Una cosa entre pañal futurista, stripper musculado y cosplay postapocalíptico de mercadillo.
Botas altas, cartucheras, tirantes rojos y un slip diminuto. Ese era el uniforme del hombre destinado a salvar la humanidad.
Lo fascinante es que Connery jamás parece incómodo. El tío actúa como si fuese Macbeth. Como si estuviera interpretando el papel más profundo de su carrera mientras enseña más pierna que una vedette de revista musical.
Y claro, la película intenta convertirlo en una especie de símbolo de la masculinidad salvaje, del instinto primario que viene a desmontar una sociedad esterilizada por la tecnología. Pero entre tanta alegoría filosófica y tanto diálogo metafísico, cuesta no imaginarse a medio rodaje a alguien preguntando:
—“John… ¿seguro que esto funciona?” —“Más Beethoven. Y ponle niebla.”
La ciencia ficción pasada de ácido
Aquí no hay términos medios. Zardoz funciona exactamente como un sueño febril de los años 70. Todo parece importante, trascendental y profundísimo… aunque muchas veces no haya absolutamente nada detrás.
Todo ello narrado como si cada escena escondiera el secreto definitivo del universo. El problema es que a veces parece que ni la propia película entiende lo que quiere contar.
Hay secuencias eternas donde personajes se miran fijamente mientras suenan discursos pseudoexistenciales sobre la inmortalidad, el conocimiento y el vacío espiritual. Y luego, de repente, aparece una cabeza gigante escupiendo armas.
El equilibrio tonal es directamente inexistente. Y precisamente por eso la película tiene algo hipnótico. Porque no se parece a nada. Ni antes ni después.
Cuando la ciencia ficción se convierte en arte camp involuntario
Lo maravilloso de Zardoz es que quería ser la nueva 2001: Una odisea del espacio… y terminó convirtiéndose en una especie de reliquia lisérgica imposible de clasificar.
Hay momentos donde Boorman roza algo fascinante:
La decadencia de una sociedad inmortal.
La pérdida de humanidad.
El estancamiento emocional.
El miedo a la muerte convertido en condena.
Pero inmediatamente después llega una escena donde un grupo de inmortales castiga a otro envejeciéndolo con gestos teatrales dignos de un grupo de mimo experimental francés.
La película salta constantemente entre lo brillante y lo ridículo. Entre la genialidad visual y el delirio pretencioso. Y eso es exactamente lo que la convierte en una obra de culto.
Porque Zardoz no se ve. Se sobrevive.
Visualmente: entre la genialidad y una convención hippie financiada por la NASA
Eso sí, hay que reconocerle una cosa a Boorman: tenía imaginación para aburrir.
Los paisajes irlandeses son preciosos, algunos decorados tienen una personalidad brutal y la atmósfera psicodélica funciona sorprendentemente bien cuando la película deja de intentar explicarse.
El problema es que el apartado visual envejece como un yogur dejado al sol:
Efectos especiales de mercadillo galáctico.
Vestuario completamente demencial.
Montajes psicodélicos interminables.
Iluminaciones que parecen hechas dentro de una lámpara lava.
Y aun así… tiene encanto. Muchísimo encanto.
Porque Zardoz pertenece a esa categoría de películas que fracasan de una forma tan espectacular y tan sincera que terminan trascendiendo. No puedes apartar la mirada. Es como ver un tren descarrilar en cámara lenta mientras Beethoven suena de fondo.
¿Es mala? Sí. ¿Es fascinante? También
Aquí está la clave.
Si analizas Zardoz como una película convencional, probablemente te parezca un disparate insoportable. El ritmo se hunde constantemente, el guion se pierde en sus propias ideas y muchas escenas parecen improvisadas por filósofos fumados en una tienda de campaña.
Pero si entras en su juego… la experiencia es irrepetible.
Porque ya no existen películas así. Nadie en un gran estudio financiaría hoy semejante ida de olla filosófica, estética y narrativa. Es ciencia ficción hecha desde la absoluta libertad creativa. Sin filtros. Sin miedo al ridículo. Y eso tiene algo admirable.
Aunque el resultado parezca un episodio perdido de Black Mirror dirigido por un chamán celta después de tres días sin dormir.
Curiosidades
– John Boorman venía del éxito de Deliverance y tuvo libertad casi total para hacer la película.
– El presupuesto era bajo para la ambición del proyecto, pero el diseño artístico ayuda a que parezca más grande de lo que es.
Zardoz es ciencia ficción desatada, pretenciosa, ridícula y fascinante a partes iguales. Una película que intenta ser profundamente filosófica mientras te presenta a Sean Connery corriendo en taparrabos rojo bajo la mirada de una cabeza flotante gigante. No siempre funciona. De hecho, muchas veces no funciona nada. Pero como experiencia cinematográfica extraña, caótica y absolutamente única, es imposible de olvidar.
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