Cuando las boy bands descubrieron que también podían luchar contra zombis
Hay películas malas. Luego están las películas hechas por The Asylum. Y después, en una categoría completamente aparte, habita Dead 7: un western postapocalíptico con zombis protagonizado por miembros de los Backstreet Boys, integrantes de NSYNC y otras reliquias del pop noventero que probablemente aceptaron el proyecto después de escuchar la frase “rodamos en cuatro semanas y hay sombreros”.
Y sinceramente, cuesta no admirar la absoluta falta de vergüenza del concepto.
Porque esto no es simplemente una película de zombis barata. No. Aquí alguien pensó seriamente que la humanidad, tras un apocalipsis zombi, decidiría espontáneamente volver a vivir como en el Lejano Oeste. No hablamos de una regresión tecnológica lógica. Hablamos de gente vistiendo como vaqueros, entrando en saloons, desenfundando revólveres y comportándose como si hubieran visto demasiadas reposiciones de Bonanza durante el fin del mundo.
Y claro, cuando aceptas esa premisa, ya puedes aceptar prácticamente cualquier cosa.
Nick Carter y el sueño húmedo del fanfiction apocalíptico
El gran arquitecto de esta maravilla es Nick Carter, que aquí no solo protagoniza la película, sino que además escribe el guion. Y eso se nota muchísimo. Dead 7 tiene exactamente la energía de alguien que, después de ver The Magnificent Seven (Los Siete Magníficos), The Walking Dead y un videoclip de country postapocalíptico, decidió fusionarlo todo en una sola historia sin detenerse jamás a pensar si tenía sentido.
La película intenta venderse como una especie de “Los Siete Magníficos contra zombis”, pero lo que termina siendo es algo mucho más extraño: un fanfiction carísimo de boy bands jugando a Mad Max en una feria temática del oeste.
Y lo más fascinante es que todos parecen tomárselo relativamente en serio.
Nick Carter adopta esa pose de protagonista silencioso y endurecido típica del héroe postapocalíptico que mira al horizonte como si estuviera reflexionando sobre la decadencia de la civilización, cuando en realidad parece que está intentando recordar la coreografía de “Everybody”.
Mientras tanto, A. J. McLean se lanza de cabeza a interpretar un villano exageradísimo con energía de Joker de saldo, y honestamente… termina siendo de lo más entretenido de toda la película. Porque al menos entiende el tipo de disparate en el que está participando.
Un western zombi donde los zombis casi molestan
Uno de los mayores problemas de Dead 7 es que los zombis, supuestamente el gran reclamo del asunto, acaban siendo casi secundarios. Aparecen poco, atacan en grupos pequeños y dan la sensación constante de que el presupuesto solo permitía tener cinco maquillados en pantalla al mismo tiempo.
Y eso genera una situación bastante absurda: estás viendo una película vendida como una batalla salvaje contra hordas de muertos vivientes… donde da la impresión de que los zombis están intentando no incomodar demasiado al reparto principal.
Además, el film vuelve a caer en esa manía moderna de convertir a los zombis en criaturas medio conscientes, controlables y estratégicas. Y ahí la película pierde parte de la gracia. Porque cuando un zombi empieza a comportarse como un esbirro organizado con instrucciones precisas, deja de dar miedo y empieza a parecer un becario muy motivado.
Aquí la amenaza real nunca son los muertos vivientes. El verdadero peligro es el aburrimiento intermitente que aparece cada vez que la película intenta ponerse solemne.
La estética: entre un videoclip country y un telefilm de sobremesa radiactiva
Visualmente, Dead 7 tiene esa estética tan característica de las producciones de The Asylum: fotografía apagada, decorados mínimos y una sensación constante de que todo ha sido rodado increíblemente deprisa.
Aun así, hay momentos donde la mezcla entre western polvoriento, apocalipsis cutre y estética tipo Mad Max funciona sorprendentemente mejor de lo esperado. No porque esté particularmente bien ejecutado, sino porque el concepto tiene cierto encanto basura imposible de ignorar.
Hay katana.
Hay saloons.
Hay pistoleros.
Hay zombis.
Hay ex-cantantes pop intentando parecer tipos peligrosos.
Es como si alguien hubiese metido varios géneros distintos en una batidora industrial y luego hubiese servido el resultado sin comprobar si era apto para consumo humano.
Actuaciones imposibles y diálogos escritos probablemente a las tres de la mañana
Las interpretaciones son exactamente lo que uno imagina viendo el reparto. Algunos directamente sobreviven gracias al carisma nostálgico, otros parecen incómodos dentro de la película y unos cuantos actúan como si sospecharan que todo esto podría arruinarles la carrera… aunque probablemente llegasen un poco tarde a esa preocupación.
Eso sí, hay algo entrañablemente torpe en ver a antiguos ídolos adolescentes intentando convertirse en héroes de acción postapocalípticos. El problema es que la película nunca termina de explotar el componente autoparódico. Se toma demasiado en serio para ser una comedia total y demasiado ridícula para funcionar como aventura épica.
Y ahí queda atrapada en una especie de limbo extraño.
Porque Dead 7 podría haber sido una fiesta delirante llena de humor cafre y referencias absurdas al pasado musical de sus protagonistas. Pero opta por contenerse constantemente, como si le diera miedo abrazar por completo el disparate que tiene delante.
Una película fascinante precisamente porque no funciona
Lo curioso de Dead 7 es que, pese a ser objetivamente un desastre en muchísimos aspectos, nunca resulta completamente irrelevante. Hay películas malas que se evaporan de la memoria cinco minutos después de terminarlas. Esta no. Esta deja una sensación muy específica: la de haber presenciado una idea tan improbable que cuesta creer que alguien lograra financiarla.
Porque al final, ¿qué demonios es esto realmente?
¿Un western?
¿Una película de zombis?
¿Un reencuentro encubierto de boy bands?
¿Un delirio postapocalíptico?
¿Una apuesta perdida?
Probablemente un poco de todo.
Y aunque tiene momentos aburridos, personajes planos y un ritmo bastante errático, también posee esa cualidad tan propia del cine basura más extraño: la capacidad de generar fascinación simplemente por existir.
Porque no todos los días ves a los Backstreet Boys cabalgando por un mundo postapocalíptico mientras disparan a zombis como si estuvieran protagonizando la versión más barata posible de un crossover imposible entre The Magnificent Seven y The Walking Dead.
Y honestamente, eso ya tiene cierto mérito traumático.